viernes, 13 de diciembre de 2024

Prejuicios

Hablábamos esta mañana de los prejuicios y de cómo la educación tiene como principal misión acrisolar los prejuicios dominantes que son los que se supone dan estabilidad a las sociedades. Traíamos a colación el feminismo, algo que, a mi juicio, tiene que ver con el retroceso intelectual que supuso el cristianismo respecto del paganismo. Los paganos tenían una serie de deidades femeninas que representaban un amplio arco de caracteres, o arquetipos, en el que había de todo como en botica. Más puras, menos puras; más brujas, menos brujas. Pero llegó el cristianismo y mandó parar. Unificó todos los caracteres femeninos en el de la virgen María que concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. Ya no se puede concebir mayor pureza. Y con esta milonga venimos bailando desde hace dos mil años para acá: la pureza de la mujer frente a la violencia y corrupción del hombre. Claro, así, ¿a quién le puede extrañar que salgan por ahí tías como esa Irene Montero que es para partirse el culo de risa cada vez que abre la boca? ¡Aunque mira que está buena la tía! En fin, Irene habla y los principios fundacionales del cristianismo se acrisolan. Y eso es lo que cuenta.

Otro prejuicio letal que mayormente tiene que ver, pienso yo, con la imposición de las filosofías idealistas y, su corolario. la creación del Estado omnipotente, es el de que las matemáticas son difíciles e innecesarias para una más correcta percepción de la realidad. De hecho, de hace cien años para acá, los estudios se dividieron en ciencias y letras: las ciencias para construir máquinas y las letras para el recto pensar. Los resultados de tan estúpida filosofía, a la vista están: el mundo disneylandia en que vivimos a punto de derrumbarse. Sin matemáticas, los deseos son la realidad. No por otra razón es que a la puerta de la Academia Platónica hubiese aquel famoso cartelón que pedía abstenerse de entrar allí al que no supiese matemáticas. Y es que, mis queridos, las matemáticas no son solo para hacer máquinas y puentes, son, sobre todo, el mecanismo natural del aprender a pensar. A pensar por sus pasos, con método. Por eso hasta que llegó esta mierda del idealismo comunista, todo aquel que tenía acceso a la educación tenía como principal manual Los Elementos de Euclides. Ya solo con leer las definiciones que da ese libro de los diferentes elementos de la geometría tienes para uno, o dos, años de cavilaciones. Bien que lo sabían eso los que se apresuraron a sacar ese libro de los planes de estudio. Y es que es muy difícil pastorear a gente que se ha educado con los Elementos. Y, no te digo ya, si a eso le añades la música. 

Lo de la música es otro de los prejuicios en boga: yo es que no tengo oído, se excusa, o justifica, el personal. ¡Vaya por Dios! También en eso hemos degenerado, porque hace un siglo no se concebía una educación que excluyese la música. La música no se estudiaba como una mera cuestión de adorno que es lo que piensan que es los corderitos. No, el aprendizaje de la música es quizá el mayor potenciador de lo que antiguamente se conocía como potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Y por eso estaba en los planes de estudios por aquel entonces y, por eso, se ha suprimido en los de hogaño. Claro está que en aquel entonces se estudiaba para ser élite y hoy se estudia para ser rebaño. 

En fin, no quiero seguir, porque insistir en lo obvio, aparte de mal gusto, delata la vaguería mental del que insiste. 

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