viernes, 20 de diciembre de 2024

Las corridas

Seguimos hablando sobre los prejuicios a propósito de los comentarios que ha suscitado una pava, muy mona ella, por lo visto, que ha tenido a bien presentarse ante el respetable de Facebook vestida de torero. De asesina para arriba lo que ustedes quieran. Desde luego que, si hubo alguien que infiltró las mentalidades del populus durante el siglo pasado, ese fue Walt Disney. Da igual todo lo machaques a un humano, sobre todo si es macho, pero, ¡Dios te libre de maltratar a un animal, ya sea de palabra ya de obra! De inmediato te ganas el oprobio de la concurrencia. Es preceptivo quererlos como si fuesen carne de nuestra carne... aunque, luego, cuando las ganas de comer aprietan, nos olvidamos por un rato de nuestros amores y echamos a la cazuela cualquier cosa que corra o vuele. Y es que, ya lo dicen los catalanes, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. 

A mí me cuesta discernir en donde hay más estupidez, si entre los taurinos o los antitaurinos. Se diría que la única justificación que tiene ese ritual, a mi juicio anacrónico, es dar al populacho otro motivo de división. De hecho, estoy convencido de que, si no hubiesen aparecido los antitaurinos en escena, ya hace tiempo que las corridas de toros serían historia. Pero aparecieron, instigados por vete tú a saber qué mentes malévolas, y los amantes de la polémica decidieron hacerse aficionados. Porque la realidad es que, allí, por los ochenta del siglo pasado, los toros parecían ser una tradición amortizada.  

Desde mi punto de vista, la fiesta de los toros es un ritual que se pretende religioso, es decir, con un gran contenido simbólico. Quizá, en un pasado no muy lejano, cuando no era infrecuente que los toreros la palmasen mientras oficiaban, tuviese algo de eso. Lo de inmolar víctimas a los más diversos dioses siempre tuvo, tiene y tendrá, mucho tirón entre el pueblo llano. Pero ahora se pasan años sin que un torero la palme en el ruedo y eso le resta credibilidad al ritual. A la gente le cansa ver perder siempre a los mismos; en este caso a los toros. 

Lo que tiene todo lo que huele a religioso es que cuando se reflexiona sobre ello se destruye. Creo recordar que fue Goethe el que dijo: religión razonada, religión muerta. O, si mejor quieren, misterio desvelado, interés perdido. Eso de echarle un par está muy bien, pero hay retos en la vida que necesitan mucho más que un par y que, además, son  infinitamente más estéticos: esos chicos que se devanan los sesos aprendiendo cosas difíciles y luego se van por el mundo con su bagaje en bandolera a buscarse la vida. En fin, yo lo que veo es que hay muy poca chicha en fiar el desarrollo personal, o proyecto de vida, al riesgo innecesario. Y más cuando se ha comprobado que ese riesgo no es tanto como parece. Hoy se va a la escuela de toreo a aprender el oficio como se va a cualquier otra escuela. Y, luego, eso de las esencias patrias que se quiere ver en ese supuesto oficio es solo una cuestión de haber leído muy poco; un asunto de prejuicios, en definitiva. 

Lo dicho, quítale a los toros la polémica entre taurinos y antitaurinos -entre tontos anda el juego- y en dos días se convertirían en historia... ¡porque mira que son aburridas las corridas! A las de toros me refiero. 

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