lunes, 2 de diciembre de 2024

Los pilares

"Transeúnte, esta es la tumba de Diofanto: los números pueden mostrar, ¡oh maravilla! la duración de su vida. Su niñez ocupó la sexta parte de su vida; después, durante la doceava parte, de vello se cubrieron sus mejillas. Pasó aún una séptima parte de su vida antes de tomar esposa y, cinco años después, tuvo un precioso niño que, una vez alcanzada la mitad de la edad de la vida de su padre, pereció de una muerte desgraciada. Su padre tuvo que sobrevivirle, llorándole, durante cuatro años."

Este es el epitafio inscrito en la tumba de Diofanto. Un problema de álgebra que nos propone el que, según la leyenda, fue su inventor, para decirnos que vivió 84 años. De los Elementos de Euclides a las Arithmeticas de Diofanto hay un paso adelante respecto de la abstracción. En cualquier caso entre los unos y las otras ya quedan puestos los cimientos de todo el edificio matemático. O, por así decir, del recto razonar. El logos que le decían. 

Comentábamos esta mañana lo de pararse a pensar en el porqué del dedicar tus desvelos a determinadas tareas, en este caso, a leer y releer a los clásicos más clásicos de todos los clásicos: Homero, Aristóteles y Platón, Euclides y, para terminar, su imprescindible apéndice, La Biblia. Pues la razón de todo ello, entonces, sería la necesidad de comprender cuales son los cimientos de lo que se ha dado en llamar la civilización occidental, la nuestra. Los cimientos o las tres patas sobre las que se sustenta: Homero, la relación de lo humano con lo divino; Aristóteles/Platón, la dialéctica que no cesa entre lo real y lo ideal; Euclides, la lógica, el recto razonar; La Biblia, pone orden, las tablas que baja Moisés del monte, la moral.

Personalmente, no me caben muchas dudas de que la pata más importante, por misteriosa, es la de Homero, es decir, la relación del hombre con la divinidad que, a la postre, siempre se traduce en el temor de Dios, o de los dioses, porque no podemos concebir la existencia sin que ellos estén continuamente observándonos. Y todos los intentos de racionalización de este temor siempre han acabado en lo mismo: corrupción y hundimiento. La conciencia de misterio es lo que nos hace humanos: la ultima verdad de todas las cosas se nos hurta. Pretender haberla descubierto es un acto de soberbia que los dioses no toleran. ¡Acuérdense de Lucifer!

Todas estas cosas que tanto le costó a uno intuir, antes las intuyeron otros y dejaron constancia de ello en el arte. Thomas Mann, por ejemplo, al protagonista de Doctor Faustus, Adrian Leverkühn, le hace estudiar teología, ciencia, si así se puede llamar, que vendría a ser la metafísica de lo misterioso.  Algo tan pretencioso que si quieres sacar algo en limpio no te queda otro remedio que pactar con el diablo. Y sí, Adrian desveló ciertos misterios de la música, pero los dioses se vengaron descerebrándole.

Las otras patas son más comprensibles, la continua pelea entre Aristóteles y Platón; avanza uno y retrocede otro y viceversa. No hay forma de salir de eso porque el mundo es un valle de lágrimas en el que el consuelo menos trabajoso es imaginar  que el mundo puede ser como a ti te vendría bien que fuese, es decir, eso que llaman idealismo platónico. Entonces, viene Aristóteles y te dice, baja a la tierra, tío, y acepta la realidad. Y en esas estamos. 

Por otro lado, Euclides, lo más difícil de todo, la mecánica del pensar. Mi impresión es que nunca se consigue poner a punto esa máquina. Si insistes, la afinas, y quizás consigas tropezar menos de lo habitual. Ya lo dice Pessoa, que, en realidad, pensando, solo podemos resolver los problemas de matemáticas. Para todo lo demás, digo yo, no tenemos otra opción que ofrecer sacrificios a los dioses para que nos tengan en cuenta. 

Y qué decir de la Biblia que no sea que es el único libro de autoayuda que realmente funciona. Así que ya saben a qué atenerse si desean aliviarse un poco de las inevitables pesadumbres de la vida. 

Vale por hoy.

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