martes, 3 de diciembre de 2024

Lobos esteparios




Reflexionábamos esta mañana sobre la imagen que les traigo a colación. Quizá, a la mayoría, esta imagen, ni fu ni fa. Pero, a los que la estábamos comentando, sí que nos había, no solo llamado la atención, sino que, incluso, nos había hecho gracia. Hacer gracia, ¿se han parado a pensar lo que hay detrás de esa expresión? Pues la gracia es el mayor favor que los dioses pueden conceder a los humanos; por eso es que a sus preferidos les proveen de lo que llamamos sentido del humor, un sexto sentido que penetra los significados ocultos de las cosas. 

Bien es verdad que, si nos había hecho gracia el chiste, no había sido por casualidad, más bien, supongo, que por identificación, ya que ambos dos reflexionantes gozamos, a D. G., de una cierta condición de lobos esteparios. Lo de lobos esteparios viene del título de una novela de Hermann Hesse, un escritor, creo que austriaco, aficionado a las filosofías orientales, que estuvo muy en boga por mis años jóvenes. Mucha gente se quedó enganchada de sus teorías. Concretamente, mi amigo Matos de Salamanca, las siguió toda su vida al pie de la letra y, uno nunca sabe, pero yo diría que he conocido a muy pocas personas más ecuánimes y, sobre todo, agradables, que él. Era un lobo estepario de libro. En fin, perdonen la digresión. 

El caso es ese, que la señora del chiste es un lobo estepario y, los lobos, por lo que sea, incomodan. Bueno, por lo que sea no; todo el mundo sabe que los lobos se comen a las ovejas. ¡Y qué le vamos a hacer si cada uno es como es! Lo de comer, claro, supongo lo habrán entendido, lo digo en sentido figurado: la señora del chiste está obligando a hacer un pensamiento a las parejitas que la rodean. Más o menos, todos sabemos lo que es arrastrar la condición de parejita consolidada por múltiples fornicaciones en un trance de tête a tête un sábado por la noche en un restaurante branché... sin comentarios. 

Ya no recuerdo la de millones de veces que me habrán comentado por ahí lo importante que es lo de socializar. ¡Por supuesto, cómo no voy a estar de acuerdo! Siempre di una prioridad absoluta a la amistad sobre cualquier otro afecto. Podría decir, incluso, que la amistad fue mi gran educadora. Pero, madurar es, entre otras cosas, ir haciendo cada vez más apolíneo el componente dionisiaco de la amistad. Y es que, como decía Pla, si una amistad no me enseña nada, no me interesa. No hay forma mejor de definir la madurez. 

Esa es la cuestión, que, si maduras, irremisiblemente te conviertes en lobo estepario. Y es verdad que sueles aullar las noches de luna llena, pero solo para dar un toque estético al paisaje. 

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