lunes, 30 de diciembre de 2024

Cada día que pasa

El porqué del odio a los judíos es un asunto que nunca me lo he podido sacar de la cabeza. Ese odio es algo que viene de la noche de los tiempos hasta nuestros días sin que nunca haya decaído un ápice. Ayer mismo veía a una cantante andaluza, que ha conseguido un muy merecido reconocimiento, envuelta en una bandera palestina y echando una soflama antijudía. Demasiado joven para cosa buena, pensé. Siempre he estado convencido de que dar con las claves de ese odio sería una gran aportación al conocimiento de los intríngulis de la condición humana. Aunque, por otro lado, nunca dejé de sospechar que es absurdo buscarle tres pies al gato; la cosa, me decía, es mucho más sencilla de lo que parece: son las reacciones típicas del hombre primigenio, recién bajado de los árboles. ¿Por qué se odia? Fundamentalmente por envidia. 

Sobre el particular escuchaba el otro día a Thomas Sowell, un intelectual estadounidense que entre otros muchos méritos tiene el no menor de haber hecho la guerra de Corea. Pues bien, sostenía el Sr. Sowel que lo que no soportamos los humanos es el éxito ajeno, sobre todo cuando ese éxito no está fundado en estar provisto de dones especiales concedidos por el cielo, sino en algo tan prosaico como el trabajo y la vida ordenada. Por así decirlo, los judíos vienen a ser un espejo en el que no nos gusta contemplarnos porque nos vemos muy feos... sobre todo si no hemos podido con los estudios. 

Esto de no poder con los estudios es otra de las cuestiones que tiene sus perendengues. Recuerdo cuando se decía de algún niño: no sirve para los estudios. Y se quedaban tan anchos. Nunca nadie parecía preguntarse por el porqué de que no sirviese. Se dejaba al chaval tirado de por vida y con propensión natural a odiar a los judíos o a cualquiera que se les pareciese por sus logros. Personalmente, pienso que lo de no poder con los estudios, en el sentido amplio del sintagma, es algo más que nada debido a la actitud de algunos padres hacia sus hijos: la mala educación, en definitiva. Creo firmemente en aquello que decía Gracián de que todo chichirimundi tiene su "realce rey"; es decir que todos estamos dotados para algo en especial y lo único que tenemos que hacer es encontrar ese algo y cultivarlo. Pero eso, claro, es muy difícil cuando los padres están muy ocupados con sacarse la mugre de encima. 

Trabajo y vida ordenada, les decía. Se me olvidaba añadir, la autocrítica. La patria de los judíos es un libro, la Biblia, que destila autocrítica por todos los poros. Aprender a reconocerse en lo que realmente se es, es la tarea primordial de la vida. Nunca se acaba con eso, pero, mientras estás en ello, no estas tan propenso a correr tas las veleidades. 

En fin, sea como sea, lo único que les puedo decir es que cada día que pasa me siento más judío.   

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