Al parecer en Alemania ya no tienen donde meter los coches que salen de las fábricas. Y eso a pesar de que han intentado parar el golpe poniendo unos aranceles brutales a los coches que vienen de china. Porque los chinos, según dicen, fabrican coches como si fuesen churros, de una excelente calidad y a mitad de precio que los europeos. Sea como sea, chinos, alemanes, o la madre que los parió, la realidad es que las tres cuartas partes, si no más, del espacio público está ocupado por coches, la mayoría estacionados. Así ha sido que, en una ciudad cualquiera, ha venido una riada un poco mayor que lo habitual y se ha llevado por delante cientos de miles de coches. Claro que viendo la espectacularidad de las fotografías es lógico que se tienda a exagerar las cifras. En cualquier caso, supongo que los dueños de las fábricas de coches tendrán una hemorragia de satisfacción cuando ven esas fotos: tu desgracia es mi beneficio.
Estoy acabando ya la lectura de La Verdadera Historia de Bernal Díaz del Castillo. Y hay una cosa curiosa que me llama mucho la atención: la velocidad con la que aumentan los caballos. A los tres o cuatro años de haber llegado allí con trece caballos, ya, da la impresión de que la mayoría de los conquistadores van a caballo. Hace treinta años que llegaron a las islas del Caribe y ya hay allí una producción de caballos considerable. Eso era por el año mil quinientos veintitantos; trescientos años después, según vemos en las películas de Hollywood, había en América manadas de caballos salvajes por todas las partes. Tengan en cuenta que un coche se hace en unos minutos y un caballo en unos cuantos meses. De todas maneras, el crecimiento exponencial es lo que tiene, que antes de que te des cuenta todo se convierte en plaga.
Caballos o coches, para el caso es lo mismo: la obsesión del ser humano de abarcar más con menor esfuerzo. ¿Lo consigue o todo queda en ilusión? Cada vez me lo pregunto más. A veces me pongo a pensar en todo el tiempo que tiré a la basura sentado al volante de un coche con el único propósito de sacudirme de encima todas esas emociones negativas que acompañan a los estados depresivos. Desde luego que si hubiese conservado un atisbo de voluntad me las hubiera sacudido mucho mejor con cualquier actividad de un poco más de fuste. Porque no me engaño, las horas que he conducido por una necesidad real se podrían contar con los dedos de una mano. Y no es que no haya sentido esa necesidad tan humana de abarcar más territorio, pero podría jurar que las pocas veces que lo pudiera haber conseguido fue cuando me desplace andando o, todo lo más, en bicicleta... amén de, claro está, los traslados en sistemas públicos de trasporte mucho mas ligados a la necesidad.
En fin, si así son las cosas es porque así lo quieren los dioses o, si mejor quieren, las leyes de la naturaleza, de entre las cuales sobresale por su infalibilidad aquella que dice que todo lo que sube baja... y no hay viagra que vaya a solucionar eso a los alemanes y sus famosos coches.
Así es , Pedro. A mí me afecta directamente. Están construyendo una fábrica de baterías para coches eléctricos, aquí en mi pueblo, en Heide. 3000 puestos de trabajo, 20000 indirectos... La empresa se llama Northvolt. Dineros inyectados de la UE, fastuosas cantidades de nuestros impuestos. Acaban de declararse insolventes. Se han escapado de la tarta investores como BMW, y varios fondos de
ResponderEliminarbuitrera inversión. Y la fábrica aún no está construida. Los funcionarios de Bruselas luciéndose de nuevo. Qué miseria.
Es que lo que no puede ser no puede ser. Aquí, en el puerto, hay una explanada gigantesca que está abarrotada de los coches que fabrican en Palencia, Valladolid y sabe Dios dónde más. Los traen en tren -250 cada tren- y se los llevan en barco. Continuamente salen barcos que ocupan media bahía con su carga de futura chatarra. Es como una locura. Así es que la única solución es tener a la gente todo el día de aquí para allá porque de lo contrario no habría forma de almacenar los coches en las ciudades. Es otra más de las maldiciones prometeicas.
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