Después de larga e intensa conversación, ayer por la tarde, con mi amigo en Noruega, di en pensar sobre los mecanismos por los cuales, yo, y en general mi generación, habíamos caído prisioneros del marxismo cultural, esa aberración del espíritu que limita la vida a poco más que la de una planta. ¿Cómo pudo ser? De mis padres, poco probable. Todavía recuerdo el día en el que discutiendo con ellos -andaría yo por los catorce o quince- me dijeron al unísono: pero hijo, eso que estás diciendo es el comunismo. Lo más probable, pienso ahora, es que aquella infiltración me viniese de los colegios de religiosos a los que me habían enviado a educarme. Aquellos curas, a los que muy sabiamente los niños tildábamos de desertores del arado, sin duda estaban corroídos por la envidia y el rencor. Originarios la mayoría de ellos de aquellos pueblos miserables de la Meseta habían venido a dar en educadores de los hijos de la burguesía provinciana. Nada bueno podía salir de eso.
El caso fue que, cuando Franco dio la estocada final con los sistemas públicos de salud y educación, estábamos todos preparados para asumirlo sin rechistar. Aquellas mesnadas de religiosos salidos del cinturón de incienso salmantino, pasaron, una vez secularizados, a hacerse cargo de los numerosos centros de enseñanza pública, pretendidamente laica, que en menos de una década tenían ya copada toda la educación. Hay que tener en cuenta que justo por aquellos años fue cuando lo del Concilio Vaticano Segundo, un aggiornamento de la Iglesia que se tradujo en que, a partir de entonces, los curas ya nunca más se encaramarían en los púlpitos para recordar a los filigreses cuáles eran sus obligaciones, sino, que, haciendo alarde de camaradería, con el brazo por encima del hombro, les hablaban de sus derechos. Fue aquello que se conoció como movimiento de los curas obreros, teología de la liberación y mandangas por el estilo que, en el fondo, y en la superficie también, no era otra cosa que marxismo cultural.
Uno se da cuenta ahora de lo fácil que es caer en esa trampa cuando andas rebelde. El marxismo cultural es una ideología que cambia el Dios omnipresente que todo lo ve por otro dios que solo ve lo que pasa en los sitios vigilados con cámaras de seguridad. Osease, que donde no hay cámaras puedes hacer lo que te venga en gana. Así es que, con la nueva religión, la noción del bien y el mal se limita a que te pillen o no te pillen haciendo lo que no debes. Como ven, es todo muy infantil.
Ese es el asunto, que el marxismo cultural infantiliza. La gente, a la que se da cuenta que no hay cámaras vigilando, hace travesuras, pero, a la hora de la verdad acude dócil a que papá Estado le solucione todos los problemas. Y así corre el mundo, y así le hemos corrido, sin sentir necesidad de hacernos responsables de nuestra propia vida. Una vida que, bien es verdad, ha sido bastante miserable, pero como ha habido tanto "soma" al alcance de la mano pues casi que ni nos hemos dado cuenta.
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