jueves, 19 de diciembre de 2024

La del avestruz

La cosa va de la rana a la que la meten en un recipiente con agua que se va calentando poco a poco. La pobre no se entera de que la están achicharrando. Así son por lo general todas las decadencias, un puro no enterarse hasta que ya no hay nada que hacer. Y se lo traigo a colación porque existe un problema del que yo no era consciente hasta hace muy poco: la cuestión del autismo. ¿Sabían ustedes que, a principios del siglo XX se detectaba un autismo cada cien mil niños? Pues bien, a principios del XXI ya era un niño cada ciento cincuenta o doscientos. Ahora, en dos mil veinticuatro, la proporción es de uno cada treinta y seis. Todo esto, en EEUU. No sé a ustedes, pero a mí me parece un problema morrocotudo. Y el caso es que se ha estado viendo avanzar el mal con los brazos cruzados. Al parecer, todo eso de las cuestiones del género y demás construcciones de la ingeniería social era mucho más importarte. 

Sea como sea, ahí está el dato y, a la familia que Dios se la da, San Pedro se la bendice. Por lo menos, así ha sido hasta ahora, cuando un presidente electo ha puesto el asunto en el centro de sus conferencias de prensa. Y es que, como siempre pasa, los problemas parecen no existir hasta que se habla de ellos. Y no es que no se viniese hablando, pero el mundo oficial tuvo bastante con tachar de frikis y conspiranoicos a los que lo hacían... por no hablar de negacionistas que es un calificativo que gusta mucho a los poderes en curso porque remite a los nazis. Ya se sabe que una forma muy ladina de tapar las propias vergüenzas es acusar a los demás de lo que tú eres. 

El caso es que los frikis, conspiranoicos, negacionistas -como más les guste llamarlos- han accedido al poder y han puesto encima de la mesa sus preocupaciones y sospechas, entre las cuales no es la menor las vacunas y, por extensión, la industria farmacéutica. Rápidamente se les ha tachado de antivacunas. Otro de los calificativos que se puso muy de moda cuando lo del famoso Covid-19. Bueno, lo que dicen los arteramente tachados de antivacunas es que se investiguen todas las posibilidades señaladas como tales. Y hay por ahí algunos estudios que dan pie a pensar que determinadas vacunas no son todo lo trigo limpio que dicen que son los que las fabrican y su ejército de esbirros. ¡Oye, de algún lugar tiene que salir la causa de este suicidio colectivo que es el que haya un autista por cada treinta y seis niños! ¡Y creciendo la proporción!

Otra de las posibles causas que ha señalado el presidente entrante es la agricultura intensiva. Ya lo he mencionado repetidas veces en mis blogs, que hay multitud de estudios estadísticos que señalan que la gente que vive en el campo tiene diez veces más de posibilidades de tener un cáncer que la que vive en las ciudades. ¡Fíjense que curiosidad! Pero, luego, se van ustedes a vivir al campo, observan, y de inmediato caen en la cuenta que de curiosidad nada; más bien, pura lógica: detrás de esos mares cerealeros impolutos hay millones de toneladas de sustancias químicas, todas ellas venenosas. 

Así les podría contar un montón de realidades que obviamos metiendo la cabeza debajo del ala. Y la más importante de todas es la maldición prometeica: vivimos encadenados a una roca porque a los dioses no les gusta que nos creamos que somos como ellos. Hemos dado en la locura de creer que tenemos soluciones para todo y no la tenemos para nada, como demuestra el hecho de una de cada treinta y seis familias en los EEUU tiene que apechugar con el arduo problema de un hijo autista. Por no hablar del incremento de muertes, de hasta un 20%, que se está produciendo en la actualidad en los países que se dicen desarrollados, y del que nadie quiere saber nada porque pudiera ser que fuese debido al haber querido prevenirse de una enfermedad irrelevante con terapias génicas que, muy ladinamente, se tildaron de vacunas.  

En fin, son, todos estos, asuntos muy interesantes para ser comentados en familia aprovechando estas fiestas que se avecinan. Aunque, por otra parte, si a ti no te ha tocado la china, buenas ganas de sacar la cabeza de debajo del ala para amargarte los turrones.    

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