viernes, 6 de diciembre de 2024

¡Dios me oiga!

Por diciembre de 2022 el bitcoin cotizaba a 16.000 dólares la unidad; ahora anda rozando los 100.000. Hace un año, la onza de oro valía 1.800 dólares; ahora anda por los 2.600. Estos son hechos que analizados a la luz de la historia tienen su aquel de inquietante. Porque tanto el bitcoin como el oro son lo que se conoce como valores refugio, es decir, que aunque en esta vida, por definición, no haya nada seguro, sin embargo, unas cosas lo son más que otras, y a estos dos valores se les califica de refugio, precisamente, porque se les considera, por los entendidos, como el sitio más seguro para depositar el dinero. ¿Y cuándo se recurre a lo más seguro? Pues muy sencillo, cuando se piensa que hay que agarrarse porque vienen curvas. 

¿Ustedes qué piensan al respecto? Servidor, lo reconozco, anda muy mosca. Aunque también esperanzado. Porque la experiencia demuestra que, si bien los nubarrones en el horizonte son el preludio de la tormenta, tras la tormenta siempre viene la calma. 

No sé qué pensar de todo esto, porque, desde allí a donde alcanzan mis recuerdos, vengo escuchando a los agoreros las más negras premoniciones. Y alguna vez los nubarrones descargaron aguaceros, pero nunca las tormentas que nos anunciaban. Podríamos decir que a la tormenta morrocotuda que descargó hace ochenta años le siguió una larga calma que de unos años para acá ha ido acumulando tensiones que piden ser descargadas so pena de estallar. Ya se verá en qué acaba la cosa; de momento, cada día que pasa se ven más tramposos con el culo al aire: es una buena señal. Y, por otra parte, tampoco podemos fiarnos de las precauciones que toma el dinero ya que, sabido es de sobra, el dinero es patológicamente miedoso. Yo quiero creer que estamos en aquello que un día dijo un poeta: una gran nube mental está descargando su rayo sosegado. Cada vez más gente se está percatando de que las cosas no son como le habían hecho creer. Es probable que haya que meter a unos cuantos tramposos en la cárcel y, por lo demás, el vocerío de la turba descomunal quedará en un puro alarde de la nada. ¡Dios me oiga!

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