viernes, 21 de agosto de 2026

El dedo en la llaga

Hoy me he desayunado espiritualmente con una conferencia de María Elvira Roca Barea sobre la herejía, o reforma, según cómo se mire, protestante. La verdad sea dicha, todas estas cosas me interesan ya muy poco porque ya tuve mi lote de teorías para explicar los hechos sin que con ninguna de ellas haya podido llegar a conclusión alguna. Prefiero quedarme con los hechos y atenerme a ellos. Al fin y al cabo, vengo de una familia donde la sabiduría se trasmitía mayormente a golpe de refranes y, de entre ellos, uno de los más reiterativamente mentados era, precisamente, aquel de que «obras son amores y no buenas razones». De hecho, mi padre era persona de pocas palabras y Astra calibre 22 en el cajón de la mesilla de noche. 

Así que cuando María Elvira me dice que lo de la reforma protestante es una mezcla de intereses políticos y propaganda me está descubriendo el Mediterráneo. Intereses políticos que siempre son dominación y, propaganda, que siempre es mentira disfrazada de verdad. O sea, para abreviar, la mentira como arma de dominación. Así que lo más importante a todo lo largo de la historia ha sido perfeccionar los mecanismos para propagar la mentira revestida de verdad, o sea, repito, lo que llamamos propaganda. Por eso, cuando el cristianismo empezó a construir templos tuvieron buen cuidado de adosar a una de sus columnas el púlpito, o sea, una parafernalia apropiada para dar solemnidad, y así hacerlas más creíbles, a las mentiras, o propagandas, con las que se atemorizaba al rebaño. Después, la llegada del protestantismo coincidió con el invento de la imprenta que, digamos, fue el primer salto de gigante a efectos de facilitar la propagación de la mentira. Es impepinable que todo gran invento sea precursor de grandes conmociones sociales. 

Y en eso consiste lo que llaman política, en el arte de revestir la mentira de verdad para dominar sin que los dominados se enteren de hasta qué punto están sometidos. Y, yo diría que, en contra de lo que pudiera parecer, es un arte, o más bien artesanía, bastante pedestre, al alcance de cualquier espabilado con pocos escrúpulos y menos conocimientos... los conocimientos hacen dudar, y la duda inhabilíta para el oficio. Debemos tener en cuenta que, la inmensa mayoría es gente débil, es decir, deseosa de que la llamen alfombra y la den de comer. 

Personalmente, todas estas cosas, ya, más que nada, me hacen gracia. Como ya les he contado, suelo mirar una cadena de televisión que es propiedad de la Iglesia porque en ella ponen películas del oeste, las únicas que me entretienen. Pues bien, en esa cadena ponen una propaganda que en buena ley debiera estar penada. Son casi todos anuncios de medicinas y ortopedias para viejos escandalosamente engañosas. Y eso que es la televisión de la Iglesia, la supuesta guardiana de la ortodoxia moral. Sin duda, con tal de ganar dinero, le importa una mierda el que los viejecitos sean miserablemente engañados. 

En resumidas cuentas, no hay que creer en nada hasta no haber metido, bien metido, el dedo en la llaga... aunque te lo haya dicho el que dice que es el Hijo de Dios. ¡Y es que por decir...!

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