Por más que uno trate de escabullirse, es inevitable que la aparente realidad circundante te afecte. Y es que es tanto el énfasis con el que esa falsa realidad se pregona que tal parece que se te va a llevar por delante. Y de nada sirve que sepas a ciencia cierta que no es más que el arte de meter miedo del que se sirven los malvados para dominar a los débiles. Al respecto, corre por ahí un video en el que se ve a un presidente, un tal Zapatero, diciendo sottovoce al lameculos que le acababa de entrevistar, un tal Gabilondo: nos conviene mucho crear toda la tensión que podamos. El pobre tonto del culo no sabía que el sottovoce iba a ser traicionado por un micrófono que alguien se había olvidado apagar. En definitiva, a eso me refiero cuando digo aparente realidad, a la tensión que, si bien es puro artificio, no por eso deja de electrocutar a nada que pierdas contacto con la tierra. ¿Y quién es el que no lo pierde a nada que le baje un ápice el ánimo? Ya saben, cuestión de hormonas.
El caso es que la pasada semana se me fue un amigo que había sido para mí una intensa referencia por más de cincuenta años. Los dos obituarios que le han hecho en los periódicos locales han ido acompañados de la fotografía, eliminado yo de ella, que nos hizo un montañero el día que coronamos el Curavacas. Andaba yo rondando los setenta y él un poco más joven, pero, en cualquier caso, los dos nos sentíamos con mucha tela que cortar por delante. Él era de una profesión muy diversa de la mía y, por más que compartiésemos algunas aficiones, también, eran diversas algunas de nuestras pasiones, lo cual, seguramente, contribuyó a mantener siempre viva la amistad. Porque es de la diversidad de donde proviene el interés, o, si mejor quieren, la posibilidad de aprender algo. Ya lo decía Pla, que solo le interesaban las amistades de las que podía aprender algo. Y sí, de este amigo puedo decir que también fue maestro. Recuerdo el día, muy lejano ya, en el que hablábamos de la organización del espacio y, entonces, fue él y abrió un libro para mostrarnos los planos hechos por Mies van der Rohe para el pabellón de Alemania en la exposición universal de Barcelona. Muchos años después, cuando los catalanes se dieron cuenta de su error y reconstruyeron el pabellón, tuve la oportunidad de visitarlo en repetidas ocasiones y siempre con las apreciaciones de mi amigo en la cabeza. En esos planos estaba la esencia de su mentalidad, y quizá de la mía: el racionalismo de la austeridad. Y así fue que, como quien dice, murió con las botas puestas... a los cuatro días de, ya rondando los ochenta, haber regresado de andar por el mundo en plan mochilero, lo que era su pasión favorita. Por eso nada hay de lo que lamentarse, porque fue una vida cumplida de las que no por haberse ido dejará de ser para mí una referencia viva hasta me vaya... que ya se sabe que tan pronto se va el carnero como el cordero.
En otro orden de cosas, me alegró la vida la foto de mis hijas frente a la fachada del Obradoiro. También el emplear el asueto del verano en recorrer El Camino me parece una suerte de racionalismo austero... un pleonasmo, sin duda, aunque nunca está de más enfatizar lo que pensamos que nos puede salvar como especie.
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