lunes, 29 de abril de 2024

Aliteraciones

Por circunstancias de la vida se me ha planteado la disyuntiva de armar o dar a armar un armario. He escogido armarlo yo. Por cierto que si Borges leyese lo de armar un armario, seguro que exclamaría: ¡qué linda aliteración! O cacofonía, que no sé. Perdón por el inciso. 

Lo compré el otro día en Leroy Merlín. Me atendió una chica muy mona que, para ayudarme a decidir, me dijo que ella había puesto uno igual en un piso que tenía para alquilar. Costaba la quinta parte de uno hecho a medida y, como también es para un piso que se va a dedicar al alquiler, pues no lo pensé más y saqué la tarjeta. La semana pasada me lo llevaron a casa y anteayer me puse a la tarea. Es un trabajo apasionante. Te dan un plano muy escueto en el que se marcan los pasos a dar, pero con no pocos hilos sueltos que necesitan de la intuición para ser atados. Siempre me han encantado este tipo de tareas. De Ikea he montado unos cuantos. Recuerdo una alacena que compré para una casa que tuve en Bellmunt de la Segarra; eran como mil piezas y me llevó más de una semana de dura tarea, a ratos libres, claro está. Es lo más parecido a un puzle; te cuelgas de él y el tiempo huye doblemente veloz. En resumidas cuentas, que ya  lo tengo casi terminado, pero como hay que hacerlo con el armario tumbado en el suelo, ahora no lo puedo levantar. Tendré que pedir ayuda. Son las cosas de la edad, que a nada que uno se extralimita corre el riesgo de romperse. 

No tengo ni idea si será una tontería o no hacer estas cosas, pero a mí, ya digo, me apasionan. Cuando era niño, Don Kin, un señor del pueblo amigo de mis padres, nos regaló a mi hermano y a mí un mecano que sus hijos hacía ya mucho tiempo que no usaban; estaba un poco deteriorado, pero a nosotros nos entusiasmó. Era como esto que ahora llaman Lego, pero en rudimentario. En cualquier caso, construimos miles de cachivaches. Luego, a lo largo de la vida, he hecho miles de trabajos manuales. Recuerdo que los electrodos de los primeros aparatos para medir los gases de la sangre que utilicé había que hacerlos a mano y cambiarlos cada dos días. Era un trabajo minucioso, de líquidos y membranas superpuestos. No era fácil cogerle el punto. Pero con tesón, se lo cogí, y convertí aquella dificultad en un paseo triunfal.  En fin, da igual todo lo que haya hecho, porque la realidad presente es que ahí tengo el armario tumbado y muerto de risa sin que por mi mismo pueda hacer nada para solucionar el entuerto. Sin duda, he cometido un error de cálculo. 

Por lo demás, los de Amazón me han dado una alegría. Me han dicho que el cierre de mi cuenta había sido un error suyo y me piden mil perdones. Así que mi novela «¡A las Clines, corredor!», vuelve a estar a la venta. En los próximos días publicaré otro par de cosas que tengo por ahí. Es lo que tiene el trabajo artesanal que se acumula la producción sin que te des cuenta. Entonces, lo pones a la venta, y si suena la flauta, de artesanal pasa a ser arte. Otra aliteración. La vida está llena de ellas. 

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