Hablando hace dos o tres años de autores de economía con mi nieto, ahora tiene veintiuno, me dijo que él había leído a Rothbard. Ya me había dado cuenta de que algunos de los youtubers que por entonces escuchaba ponían los libros de ese autor en lugar prominente con la manifiesta intención de que sus visitantes se percatasen del dato. Por cosas así fue que leí su Teoría de las Ideas Económicas y su Manifiesto Libertario. Si las unas me encantaron el otro me entusiasmó. ¡Qué erudición de la sensibilidad!, que hubiera dicho Pessoa.
Digo esto porque el otro día estuve de tertulia con conocidos de largo y me aburría soberanamente de escucharles andar todavía con lo de derecha, izquierda y, sobre todo, de las múltiples variedades que eran capaces de identificar a la derecha de la derecha -la izquierda, parece ser que para ellos no tiene variedades a su izquierda-. Cuando ya no podía más de escuchar tonterías les dije que cómo podían andar todavía con esas antiguallas. De inmediato la conversación cambió de tercio. No hace mucho, también provoqué un corte en seco en otra tertulia cuando escuchando hablar con entusiasmo de derecha e izquierdas, mal de una y bien de la otra, por supuesto, saqué a colación lo que dice Ortega en el prólogo de la edición francesa de su Rebelión de las Masas. Derecha e izquierda, dice el autor, son dos más entre las infinitas maneras que tiene una persona de ser un perfecto imbécil; son, en definitiva, hemiplejias morales.
Me desespera el anquilosamiento de las ideas que percibo a mi alrededor. Afortunadamente no todo es así; también hablo con gente que ha sabido evolucionar. Y por otro lado, no soy tan necio como para no darme cuenta de que se está produciendo en las ideas un movimiento telúrico que en Madrid tiene su epicentro en el Instituto Juan de Mariana. Yo no lo veré porque la evolución cultural es, por su propia naturaleza, lenta, pero ya se llevan años de batalla y hay que estar ciego para no percibir en lontananza la derrota de las ideas comunitaristas. O estatistas, si de otra forma las quieren llamar. Porque no es de ayer esta guerra, que de lejos le viene el garbanzo al pico; ya por los años veinte del siglo pasado dijo el arquitecto Loos: la función de los Estados no es otra que retrasar en lo posible la evolución cultural de los pueblos. Lo menté en la tertulia del otro día y solo obtuve por respuesta balbuceos. Se daba el caso de que dos de los contertulios eran arquitectos y conocían bien el prestigio intelectual del que goza Loos entre los de su profesión.
En fin, choses de la vie...
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