¿Se acuerdan cómo andábamos hace cuatro años por estas fechas? Todo, o casi todo, el mundo acojonado. Hoy día puedes hablar con cualquiera de cualquier cosa menos de aquello. Es como si se hubiese borrado de la memoria colectiva. Habría que preguntarse por el o los porqués de semejante olvido. Aunque también pudiera ser que en vez de olvido fuese vergüenza lo que motive el rechazo a recordar. Digo yo que será el avestruz que todos somos. La cabeza bajo el ala y aquí no ha pasado nada... hasta que llega el batacazo.
¡Por Dios bendito, aquello fue suficientemente gordo como para que a nadie se le olvide! Salías a la calle y de inmediato empezabas a escuchar los insultos que te lanzaban desde los balcones. Por no hablar de si te topabas con una pareja de la policía, que entonces era peor que si hubieses cometido un regicidio. Te hacían sacar todos los papeles, te apuntaban en esos aparatos que ahora llevan todos, te amenazaban hasta que se cansaban... así fue la cosa por algo que no era nada como de sobra ha quedado demostrado. Y luego lo de las vacunas, que eso ya fue para alquilar sillas: tal fue la magnitud del espectáculo. De repente apareció una nueva casta de judíos a los que había que exterminar. En algunos lugares incluso se hicieron campos de concentración para recluirlos. Los locutores de la televisión se hicieron expertos en demonizar o los díscolos. De subnormales para arriba lo que quieran. A la postre, eran asesinos que andaban sueltos. Gente peligrosísima.
Afortunadamente, la gente peligrosísima tuvo la oportunidad de comprobar que ese coco que llaman inteligencia artificial no es más que un mito. Como casi toda la ciencia, por otra parte. Los esfuerzos de las autoridades por controlar la información hacía agua por todas las partes. Incluso en las plataformas más intervenidas había grietas por donde se colaban los incontestables argumentos de los díscolos. Porque solo se necesitaban dos dedos de frente para desmontar el embuste. Desde luego, que el que no se enteró fue porque le venía bien ese consuelo de los desesperados del, cuanto peor, mejor. Y es que, señoras y señores, hay por ahí mucho desesperado camuflado de moralista. Nietzsche se hartó a escribir sobre esta curiosa paradoja.
En cualquier caso, ¡qué mal! Porque pocas cosas hay más dañinas que las procesiones que van por dentro. Lo corroen todo. ¿O es que no notan ustedes la corrosión? Pues nada, sigamos con la cabeza debajo del ala que eso es muy divertido.
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