Hay pocas cosas más placenteras, excluidas las perentorias de supervivencia y reproducción, que escuchar una canción cuyas armonías tienes interiorizadas. Digamos que son canciones que amas porque forman parte de tu mapa sentimental. Es imposible escucharlas sin que algo se te remueva por dentro. Sin embargo, con todo el poder sugeridor que tienen, son, de entre todas las creaciones artísticas, quizá las más efímeras: ¿quién recuerda una canción del siglo XIX? Hay que ser un erudito de la música para ello.
En cualquier caso, efímeras o no, un buen interprete se convierte automáticamente en un ser socialmente imprescindible. Personalmente, no puedo imaginar mi vida sin ellos. Escucho a Rita Payés cantando «Nunca vas a comprender» o a Allison Young, «Crazy», y me pasa como aquello que decía Fray Luis que le pasaba cuando escuchaba la música de Salinas, que el aire se serenaba y se vestía de hermosura y luz no usada. Es una emoción profunda que te reconcilia contigo mismo y con el mundo, aunque, hay que reconocer que no todos los estados de ánimo son propicios a su recepción; cuando andas torcido de verdad, ni música ni leches, lo único que querrías es que el mundo saltase en pedazos.
En fin, el caso es que ahí ando con mis guitarras tratando de sacarles melodías que me apacigüen el espíritu. Y no es que lo tenga muy atormentado, pero ya se sabe que, si uno está bien, sigue sufriendo porque no consigue estar mejor. Así es la vida del ser humano y por eso es que no podamos parar. Y menos mal cuando te apaciguas algo sacando melodías de un instrumento...
No hay comentarios:
Publicar un comentario