viernes, 5 de abril de 2024

Mono

Hoy estoy experimentando la extraña y desagradable sensación de lo que en términos populacheros se conoce como mono: la supresión súbita y radical de una adicción. Ayer, de pronto, el teléfono me dejó de funcionar. Una cosa de lo más natural porque toda tecnología tiene un límite y todo aparato una obsolescencia programada, como dicen los entendidillos. Y sí, lo sabes a ciencia cierta, pero no cuentas con ello. Sin darnos cuenta, todo esto de la informática, o lo numérico, o como se le quiera llamar, nos ha metido en un limbo de inocencia que nos ha convertido en esclavos de las ortopedias. Sin un teléfono, eres poco menos que nada. Es una tremenda constatación que me está llevando a reflexiones de lo más esclarecedoras. ¿Qué es lo que puedo hacer sin tener teléfono? Hago recuento y mi vida queda reducida a prácticamente nada que no sea irme a una residencia de ancianos.

A esto es a lo que nos ha traído este maravilloso progreso. A estar encadenados a una roca esperando a que baje el águila a roernos el hígado. Desde el lejano día en el que un casi mono se dio cuenta de que utilizando una estaca los golpes eran mucho más efectivos, la humanidad no ha parado de innovar. A los pocos días del primer estacazo un avisado comprendió que si abultabas un extremo de la estaca y golpeabas con él ganabas en efectividad: había inventado la clava de Hércules. Luego le puso un clavo asomando por el extremo gordo: más efectividad. Siempre ganando poder. Siempre acercándonos un poco más a los dioses tal y como nuestra imaginación les había concebido: ubicuos, omniscientes, o sea, con un poder sin límites.

Sin límites, así es como se sienten los humanos en estos días seguramente crepusculares. Van en sus coches conectados y, hasta que no tienen que aparcar, que es como aterrizar en la realidad, se comportan como si estuviesen sentados a la mesa del Olimpo: llegan a donde quieren en un plis-plas, preguntan a un aparato lo que necesitan saber y, al instante, son satisfechos. Por eso es que al menor contratiempo que alguien les provoca tocan el clason como si les hubiesen mentado a la madre. Los dioses, por su propia naturaleza, exigen vía libre.

Vivimos, como les decía, en un limbo de inocencia. Nos hemos autoimpuesto la obligación de ignorar que toda sofisticación trae aparejada la fragilidad. Y esa es la realidad candente, la fragilidad. Por eso es que la chusma dominante nos tiene todo el día con la cosa de la seguridad. Toda esta asfixia burocrática, que en el fondo no es otra cosa que el águila que nos roe el hígado, es el precio a pagar porque no se venga abajo todo el tinglado. Es una absoluta condena de por vida. Ya lo dijo el poeta hace siglos:


¡Oh expulsados del cielo, horda maldita!,

exclamó en el umbral horripilante,

¡¿dónde vuestra jactancia se acredita?!

¡¿Por qué ese resistir recalcitrante

contra una voluntad que el fin no falla

y hace que vuestra pena se agigante?!

¡¿Por qué contra el destino esa batalla?!

Si memoria tenéis vuestro Cerbero

pelado de pescuezo y jeta aún se halla.

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