jueves, 25 de abril de 2024

Aspiraciones

Me suelta Santi un rollo esta mañana acerca de lo que es la lingüística. Es una ciencia que trata de aprehender la realidad del lenguaje, es decir, de una manifestación de la naturaleza. Digamos que aprehender la realidad, cualquier realidad, es más una aspiración que una posibilidad. Y es que la realidad es tan sumamente compleja que por el momento no tenemos herramientas para desentrañarla más allá del cálculo de probabilidades. De ahí que el aprendizaje de las matemáticas sea clave para cualquiera con aspiraciones de un poco de comprensión de los intríngulis de cualquier cosa. Esas aspiraciones que dan sentido a la vida. Porque ¿qué es una vida sin aspirar a conocer? 

De hecho, todas las vidas aspiran a conocer, y todas, hasta las más tontas, realizan algún avance en ese camino. Hasta, digamos, que se sienten satisfechas con lo conseguido y se tumban a la bartola. Claro está que lo conseguido por la inmensa mayoría, por mucho que les sirva para afianzarse, es una birria. Convendría no autoengañarse al respecto, pero si así lo hacemos en nuestra inmensa mayoría será porque la naturaleza tiene calculado que esa es la mejor manera de perpetuarse. Luego está la mínima minoría que nunca se acaba de sentir satisfecha y sigue cavando y cavando hasta que abre un camino por el que luego transitarán los insatisfechos que le sigan que acaso lleguen un poco más allá, pero siempre lejos de la meta codiciada. Y así es como la humanidad ha llegado a donde ha llegado, que es, como dirían en mi pueblo, a dar con la cabeza en un pesebre. 

¡Qué vida ésta! Ayer me acerqué al mercadillo de La Esperanza a comprar unos calcetines tobilleros que son los apropiados para el verano ya en ciernes. Estaba mirando unos que me parecían bien, tres por tres euros, cuando noté que el gitano que los vendía estaba cantando por lo bajini una seguiriya con letra de cariz pentecostalista: no hay problema que no tenga solución, decía. ¿Tú crees?, le dije. Sí, todos tienen solución, me contestó contundente. Entonces se inició allí un diálogo platónico, en el que el maestro, él, le iba sonsacando por medió de técnica mayéutica al discípulo, yo,  las verdades incontrovertibles de la vida. Me fui de allí con los calcetines y la sensación de haber arreglado la mañana a aquel tipo. Desde luego que esto de los gitanos y las religiones pentecostalistas, a lo que hay que añadir el rollo de  los mercadillos, tiene miga para parar un tren.  

En fin, vamos a ver que nos depara el día. 

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