miércoles, 10 de abril de 2024

Divinas veleidades

Ando por las acaballas de las memorias de Casanova. Me falta un cinco por ciento, lo cual, dada su extensión es el equivalente a una novela larga. Anda ya acercándose a los cincuenta, lo que en sus tiempos era una edad considerable, a las puertas, como quien dice, de la vejez. Ha estado unos días en Nápoles en casa de un aristócrata viejo y gotoso que está casado con una joven bellísima. Esta joven es la hija que tuvo una señora a los pocos meses de dejar su relación con Casanova. Como se suele decir, blanco y en botella. El caso es que el viejo gotoso no puede haber coyunda y ve con estupendos ojos que Casanova le eche una mano para conseguir el heredero que necesita. Casanova se tira allí unas semanas en plan picotazo y al alero y luego se va con la satisfacción del deber cumplido. Lo de padre, hija, pelillos a la mar. 

De Nápoles se va a Roma. En Roma la cosa va de cardenales, princesas y gente de mal vivir. Hay allí un albergue para chicas sin recursos que tiene una bien estudiada política para que nada se desmadre. Por una casualidad Casanova entra en contacto con aquella institución y a los cuatro días lo pone todo patas arriba. Hay en el albergue una chica de una belleza sin par que le vuelve loco. Casanova se pasa el día afilando sus colmillos sin por ello conseguir clavarlos en aquel cuello angelical. Es una forma repulsiva de hacer el baboso y, todo ello, con la anuencia de princesas y cardenales que se diría están haciendo el papel de celestinas o, si quieren, de mamporreros. He tenido que echarle mucha voluntad para seguir con esa parte del relato. Al final, no se puede saber, ni falta que hace, como acaba ese episodio porque las memorias dan ahí un salto en el vacío y pasan a otra ciudad en donde nos encontramos un Casanova dedicado al estudio. 

Estamos en el famoso siglo de las luces. Hay una, digamos que élite social, que no se para en mientes. Con ir a misa y confesarse tienen bula para cometer todo tipo de tropelías. Y el caso es que se trata de gente de lo más ilustrada. Tanto, que se diría se consideran con medios para desafiar a Dios. Es el pecado que peor soporta Dios, el de soberbia. Tengan en cuenta que esas aventuras de Casanova trascurren cuando ya apenas falta una década para que comience el baile de las guillotinas. Ya se sabe que nada para cegar el entendimiento como la soberbia que trae de la mano el pretendido conocimiento. Y así fue que toda aquella gente tan lista no vio venir lo que estaba por llegar que no era otra cosa que el fin de sus divinas veleidades.  

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