En realidad, mis queridos, si os fijáis bien, no tardaréis en caer en la cuenta de que todos los males del mundo están provocados en primera instancia por los que se empeñan en querer vivir de organizar la vida a sus congéneres. En segunda instancia, y mucho peores quizá, están los que les siguen el juego a los de la primera. Son aquellos a los que su cobardía les hace creer cualquier cosa que venga envuelta en el engañoso papel de la seguridad. Y eso es todo, un juego entre parásitos y cobardes. Los unos vendiendo seguridad y los otros comprándosela. Un aburrido juego que convierte a los que en él entran en cadáveres vivientes. Y por eso es que estén las calles cómo están, hasta arriba de mierda de perro.
A D. G., en la naturaleza todo tiende al equilibrio y por eso la ingente masa de los cobardes está neutralizada por la ínfima minoría de los valientes que aman el riesgo y disfrutan enfrentándose a los parásitos. Y no hay más; y lo único que nos queda por hacer a cada uno es examen de conciencia para tratar de enterarse de que lado de la valla estás. Porque, si vas a votar, a vacunarte, a buscar aparcamiento, a recoger las cacas del perro, a leer el periódico en la terraza de un bar, a mirar telediarios, a seguir, en definitiva, los ritmos del calendario laboral... ¡estás apañado tío! Mas vale que te ates una rueda de molino al cuello... aunque, ¿para qué?, si ya hace mucho que te está pudriendo en el fondo del pozo.
Ando estos día leyendo el Libro de Job. Vamos a ver, Job: si Dios nuca perdona a los malvados, porque es que a ti te haya mandado semejantes desgracias. ¿Acaso es que tú, que te creías justo y temeroso de Dios, lo que en realidad eres es un redomado hijo de perra? Pues sí, lo más probable es que lo fuese y, también, un tonto todo el tiempo, de esos que, cuando les va bien en la vida, piensan que es por sus propios méritos y no por la gracia de Dios. A un valiente de verdad nunca le pasa eso; por contra, lo primero que hace cuando supera un riesgo es postrase ante Dios para darle las gracias. Y si fracasa, igual, porque sabe que los caminos del Señor son inescrutables y nunca hace nada que no sea por el bien de los valientes.
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