Casanova, Baroja, Machado, por poner tres ejemplos que tengo bien presentes de lo que es prejuicio respecto de los judíos. Por qué ese afán de no dejar pasar ocasión para emitir juicios denigratorios sobre ellos. Es como una patología. Porque ninguno de los tres citados explica los motivos de su aversión. Es, parece, como si viniesen marcados de fábrica: lo mismo que se tiene el pelo rubio se desprecia a los judíos. O quizá de tanto escuchar de niño el uso peyorativo de la palabra judío. Un misterio, en cualquier caso, porque, en el caso de Machado me puedo imaginar una cierta propensión a las adscripciones ideológicas, pero en el de Casanova y Baroja no me cuadra en absoluto.
Casanova se ve forzado a alojarse en casa de un judío y, como preámbulo, le canta al judío todos los prejuicios sobre su condición; el judío, como quien oye llover. Le trata con exquisita corrección y, para remate, tiene una hija de inmejorable buen ver que acaba haciendo las delicias de Casanova. Además, sin problemas, porque si hace un chiquillo a la judía, sus padres encantados, porque al trasmitirse la condición de judío, que es lo importante para ellos, por vía materna, pues otro israelita para el mundo.
Baroja, por su parte, es un admirador sin fisuras de la Biblia. Dice que en ella están todas las historias. Y la Biblia es para los judíos el «Libro». Son el pueblo del Libro. El Libro ha sido su patria durante todos los siglos de la diáspora. Es lo que les ha dado esa cohesión, o identidad, que es única en el mundo. Hay que reconocer que el sentimiento de pertenencia ligado a un libro es más interesante que cuando está ligado a un territorio o cualquier otro engendro inerte. Si es a un libro, por lo menos hay que tomarse la molestia de leerlo. Es algo vivo, por tanto.
Para mí es un misterio esto del antisemitismo de las personas ilustradas, porque el del pueblo ni siquiera me lo planteo: como en todo, lo que le indiquen desde los púlpitos de turno. Siempre me he dicho que tiene que haber algo que se me escapa. A veces he pensado que puede que sea ese mismo sentimiento de pertenencia tan acusado el que los hace repulsivos para tanta gente. Aunque esa pertenencia, desde luego, no sea la de vascos y catalanes, tan por la gracia de Dios; la de los judíos es sumamente exigente para con ellos mismos.
En fin, lo que sea, que a mí en absoluto me caen mal, sino todo lo contrario. Les admiro su capacidad para sobreponerse a las adversidades. Y muchas cosas más, sobre todo ese afán de elevarse por el conocimiento. Para mí, eso, viene a ser el único sentido que se le puede dar a la vida, más allá del mero reproducirse. Y el caso es que ahora vuelven a estar en el candelero y los estándares de denigración que les están lloviendo encima rozan la excelencia. La chusma compite a ver quién la suelta más gorda. Por lo visto, no tienen derecho a defenderse. Es de chiste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario