martes, 16 de abril de 2024

Pensar

Ya se lo he contado más de una vez, pero es que para no repetirme soltando como suelto un rollo casi a diario tendría que ser poco menos que Dios. El caso es que ayer estuve comentando con el contratista que está arreglando el piso de mis hijas lo de "ornamento y delito" de Adolf Loos. La tesis del libro se puede resumir así: la evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual. 

Tuve el primer contacto con esta idea de Loos cuando vivía en el ensanche de Barcelona. Como era una época en la que se estaba saliendo de un largo bache económico las fachadas de las casas estaban bastante deterioradas. En el ensanche no eran pocas las que tenían mallas para evitar que los cascotes desprendidos de los adornos propios del modernismo cayesen sobre las cabezas de los viandantes. Personalmente, de forma instintiva, aquellos adornos tan preciados por la cultura popular, me parecían una horterada. Como me lo parecían, y parecen, por otra parte, esas iglesias barrocas a las que si les quitasen todos eso dorados y columnas salomónicas les harían un gran favor. 

Pensando en esas cosas llegué a la conclusión de que todos los periodos barrocos lo son también de decadencia cultural. Es como si a la gente se le hubiesen acabado las ideas y no tuviera otra forma de entretenerse que poniendo adornos a las antiguas. Aquellos adornos del ensanche, ¿por qué estaban allí? ¿Cuánto habían encarecido el precio de aquellas casas? Porque aquello suponía muchas horas de trabajo que había que pagar. Pensé que aquello solo podía darse en una sociedad en la que las clases sociales estuviesen muy distanciadas unas de otras. Como en una especie de feudalismo. Los burgueses serían tan poderosos que no les costaría nada pagar miles de salarios de artesanos. Una forma como otra cualquiera de tenerles adormecidos y así perpetuar las diferencias. 

En cualquier caso, en los pisos de aquellas casas del ensanche que visité no solía haber mucho ornamento. Era gente cultivada que estaba al loro. La paredes lisas, los techos altos, los muebles justos. Allí comprendí la elegancia de la austeridad. Fue por entonces cuando metí casi todos mis libros, que eran muchos, en unas cajas y los mandé a la biblioteca de una institución privada. A pesar de todo el fervor religioso con el que los había ido acumulando solo tuve una sensación de alivio al desprenderme de ellos. Aquel apartamento en el que vivía pareció doblar su tamaño con las paredes desnudas. 

En fin, el fetichismo. Lo de transferir afectos a los objetos, y todo eso, comprendo que es un asunto complicado. Ayer les hablaba de Demonacte; al parecer el no tenía problemas con eso. Supongo que era porque desde nicho se había dado cuenta de que lo suyo era dedicarse a pensar. 

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