martes, 23 de abril de 2024

Los orgones

Por circunstancias de la vida, desde hace unos meses para acá no salgo de Leroy Merlín. Le he tomado simpatía a aquel lugar. Cojo el tren, que lo tengo al lado de casa, y en periquete estoy allí. Aquello es un portento de orden y lógica. En un minuto encuentras lo que ibas buscando. Y luego, que, como lo de la construcción es mayormente cosa de hombres, los dueños del negocio, muy ladinamente, se apercibieron de que lo suyo allí es que todo o casi todo esté en manos de señoritas tirando a monas y con las carnes bien puestas. Ayer iba a por unos estores y lo resolví todo en un visto y no visto; dos chicas monísimas mediante. Me hubiese quedado allí toda la mañana porque para un sitio en el que te tratan bien, ¡buenas ganas de irte!

En Leroy Merlín, como supongo pasa en todos los sitios en los que la vida fluye, se desmontan como por ensalmo todos los tópicos del comunismo. Ir allí a hablar de feminismo sería como untar el chorizo en chocolate. Una aberración. Las chicas están encantadas solucionando problemas a aquellos hombres que las miran con manifiesto deseo. ¿Acaso hay algo que estimule más el ánimo de una mujer que sentirse deseada? Y no te digo, ya, si anda por la media edad, que, entonces, una insinuación inteligente es como un pico de heroína. Ya te digo yo, que, si levantase la cabeza Wilhelm Reich, el de La Función del Orgasmo, y se pusiese a medir orgones, con el delirante aparato que inventó para ello, en medio de Leroy Merlín, tengan por seguro que el aparato explotaba.  

Esa es la cuestión, que la vida fluya. En Leroy Merlín se satisface una de las dos necesidades básicas del ser humano: protegerse de los elementos. Por eso la gente que anda por allí no se entretiene con dudas metafísicas; va allí con una idea definida de cómo resolver el problema que tiene; y sale de allí con el problema resuelto. En el entremedio, se alegra la vida imaginando lo que haría él con uno de aquellos culos que pululan por allí. Que a eso es a lo que se debía referir aquel mesías que le decía a Marta que no solo de pan vive el hombre. ¡Menuda jeta que tenía el payo! Todo el día quilándose a la María y, luego dando, lecciones. Era un puto comunista. O como se decía en aquella España de Oro, un polilla de su casa que quiere ser honra de la ajena. 

Pues sí, donde hay vida, no hay miedo; y como no hay miedo no ha lugar a las mandangas comunistas. Bueno, vamos a ver, porque hoy vienen a traerme el armario y mañana los estores, y espero que con esto se acaben ya las circunstancias que me han tenido día sí y otro también yendo a Leroy Merlín a hacer unos coqueteos con aquellas señoritas tan amables.

   

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