Comentaba ayer con Santi que esto del internet, como todo fuego robado a los dioses, tiene que pagar su duro peaje. Internet, en esencia, no es más que una tecnología que facilita el camino de los humanos hacia su imposible aspiración de ser como los dioses. Y, efectivamente, nunca hubo invento que pusiese tantos recursos a nuestra disposición. Recursos sofisticados que, más que cualquier otro de los conocidos, exigen del esfuerzo para que den sus frutos. El esfuerzo, la voluntad de poder, llámenle como quieran a esa potencia del alma que la naturaleza reparte a su antojo con manifiesta injusticia: a unos tanto y a otros tan poco. En definitiva, que internet lo que hace es ensanchar la grieta que distancia a unos humanos de otros, a los esforzados de los vagos. Con todos esos recursos, si te esfuerzas, dejas a los que no son capaces de usarlos a años luz. Y en eso es en lo que estamos, aumentando las diferencias como quizá nunca se hizo: antes eran de dinero y ahora son de conocimiento, es decir, algo mucho más sibilino a la hora de atizar las pasiones destructivas, ya saben, la envidia, el resentimiento, el rencor y todo eso que envenena el espíritu de los, llamémosles, vagos.
Así es que el internet, no se hagan ilusiones vanas, ha venido a este mundo para acrecentar las diferencias sociales. Y no por otra razón quizá sea que arrecien las pulsiones igualitaristas por doquier. Son un grito de desesperación de los que se sienten descolgados. Todo en vano. La desigualdad está en la esencia de las especies. Quizá sea su herramienta más poderosa para perpetuarse.
Los vagos y los cobardes (que en el fondo son lo mismo) siempre lo han tenido jodido. Ahora ya, o se aplican el consejo bíblico aquel de la rueda de molino, o se meten en política, preferentemente de ultraizquierda. Basta leer las primeras páginas de la tesis de Pablo Iglesias para comprender lo que digo.
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