lunes, 21 de octubre de 2024

Batiburrillo

El ser humano siempre ha tenido la obsesión de su pasado, de querer saber de dónde viene. De hecho, una estirpe que se puede remontar unas cuantas generaciones atrás tiene como un label de nobleza, cosa que produce una sensación de superioridad en quien lo ostenta. Y es que lo de mantenerse en el machito no es cosa fácil; lo suyo son las tres generaciones: padre bodeguero, hijo millonario y nieto pordiosero. Testigo de ello son todas esas casas solariegas arruinadas que vemos por la geografía. 

Pero esa obsesión no solo se atiene a lo particular sino que se extiende a lo general y por eso es que vemos esas legiones de locos apasionados que escarban en la tierra, en la lengua, en la sangre, buscando indicios que les permitan conjeturar con ciertos visos de certeza el porqué de que los de tal lado tiendan a ser rubios, los del otro, morenos, los unos hablan una lengua con tales características, los otros con otras completamente diferentes... y un montón de cosas más que marcan las diferencias. Son los arqueólogos, los lingüistas y, de unos pocos años para acá, los genetistas. 

El caso es que ese rastreo ha ido generando una teoría que nos permite remontarnos muy atrás en la historia de la humanidad. Una historia hecha de migraciones: unas veces por mera subsistencia y otras por posibilidades de acrecentar el poder. Sea como sea, la gente nunca ha parado de ir de aquí para allá y por eso el mundo actual es como es, con sus incomprensibles conflictos que se remontan a agravios entre antepasados remotos... 

Les cuento estas cosas porque, Santi, lingüista hasta el tuétano de sus huesos, indaga, descubre y, luego, tiene la deferencia de contarme sus andanzas y opiniones. Está estudiando ahora el indoeuropeo, una lengua originaria de por el norte del Cáucaso o así, y que, por diversos motivos, se constituyó en la semilla que dio como fruto el mayor grupo de lenguas habladas en el mundo actual. Es muy posible que el motivo principal de la expansión de esos indoeuropeos fuese el haber sido los primeros que domaron animales e inventaron la rueda. Eso les habría dado una superioridad táctica sobre las demás tribus que les hacía invencibles. Algo parecido a lo que pasó con los españoles cuando llegaron a América: con su superioridad tecnológica fueron considerados como dioses -teules, les decían- y, por tanto, invencibles. Y ese es el asunto, que el que vence impone su lengua, aunque nunca del todo, porque la nueva lengua tiene que competir con la original que es la que las madres enseñan a sus hijos de forma natural. Al final, de ese batiburrillo van surgiendo las nuevas lenguas, todas del mismo padre, pero con madres diferentes. 

Desde siempre, todo en el mundo ha sido un batiburrillo y por eso sorprende tanto que se insista por parte de ciertas ideologías en asuntos como el de la pureza de las razas o la perpetuación de las lenguas. Ni lo uno ni lo otro ha existido nunca ni existirá por siempre jamás. Y para recordárnoslo están ahí esos locos escarbando en la tierra y en los libros y, como les decía, desde hace poco, en la sangre. 

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