El profesor García Maestro es, con su estilo un tanto atrabiliario, una de mis cabezas de referencia en este país. De eso no me caben muchas dudas. Es un hombre que sabe cavar hondo como pocos cuando se dedica a lo suyo que es la literatura. El otro día me mandó María un vídeo suyo dedicado a Torrente Ballester, de resultas de lo cual me veo ahora leyendo "El Quijote como juego". En este libro, que viene a ser una tesis doctoral, Torrente desmenuza hasta la exasperación las entrañas del libro de Cervantes. Yo ya le había escuchado a Torrente, en mis años salmantinos, un par de conferencias sobre El Quijote de las que había salido lleno de nuevas ideas. Por cierto, que, en este libro, comienza agradeciendo a Ortega, tan olvidado, "Meditaciones del Quijote" que, dice, tanto le ha aportado para entender, no solo El Quijote, sino la literatura en general. Me ha alegrado, leer eso, porque esas Meditaciones siempre han sido, diciéndolo de una forma un poco cursi, uno de mis libros de cabecera.
García Maestro no se cansa de repetir lo difícil que es leer literatura, cosa con la que no puedo estar más de acuerdo. Así es que él, lo mismo que Ortega, lo mismo que Torrente en este libro del que les hablo, se dedican, con la generosidad que les caracteriza, a echarnos una mano para que, por lo menos, aprendamos a utilizar la azada con la que se cava. Porque es un aprendizaje imprescindible si quieres hacer de la literatura algo más que mero entretenimiento. Es decir, si quieres romper la costra y profundizar unos cuantos metros, cosa que, de conseguirla, puede poner patas arriba -desmentirte- algunas de las convicciones que te estaban sustentando.
Por lo visto, Torrente, no podía escribir si no volvía a leer todos los otoños El Quijote. Era para él como una especie de renovación porque, me imagino, cada año recibía con esa lectura su buena dosis de desmentidos. Al menos, eso es lo que me ha pasado a mí cada vez que lo he leído, que ya van siendo unas cuantas... y otra que está a punto de caer si los dioses omnipotentes me dan cuerda para ello.
El caso es que, leyendo este libro de Torrente, lo primero que se me ocurre es que algunos nos tiramos a la piscina sin habernos cerciorado antes de la cantidad de agua que tiene. Uno se pone a escribir como si tal cosa estuviese al alcance de cualquiera. Y sí, claro, lo está, pero solo si utilizas la escritura como método de aprendizaje de ti mismo. Uno escribe, se relee al cabo de unos días o meses y, si no es muy tonto, cae en la cuenta de hasta qué punto están limitadas sus capacidades en todos los órdenes del intelecto. Y así se aprende, yendo a buscar por ahí con qué corregir esas carencias que has observado en ti. Poco a poco, con el sacrificio, los dioses, se van apiadando ti y te regalan algún don. Pero no conviene engañarse al respecto: el don de la creación está reservado a los predestinados y eso se les nota desde niños.
Sea como sea, uno insiste. Lee y entiende lo que puede. Escribe y llega a donde llega. No es más que un camino hacia ese lugar mítico que llaman conocimiento; el de uno mismo y el del mundo que le rodea... con toda seguridad dos imposibles metafísicos.
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