Sigo con la lectura pausada de la Verdadera Historia de Bernal Díaz del Castillo. Verificar la adaptación a la verdad que se encuentra en un libro de Historia es una tarea ardua. Por no decir imposible. Siempre fui aficionado a leer libros de Historia y no pocas veces utilicé lo en ellos aprendido como base de mis argumentos a la hora de debatir sobre cualquier cosa de que se estuviese tratando. Recuerdo que cuando pasaba consulta en un ambulatorio de San Adriá de Besos, el enfermero que me asistía, un catalán de los de aquel entonces, al verme enfrascado, entre enfermo y enfermo, en los textos de Tucídides, me pasó un día un papel en el que había escrito una cita, creo recordar que de Verlaine; en ella se aseguraba que la Historia lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Siempre se puede encontrar en ella hechos que permiten a cada cual arrimar el ascua a su sardina. Y es, precisamente, por esa escurridiza característica que la historia es una de las herramientas más utilizadas como arma arrojadiza en las escaramuzas políticas. Por eso es que el utilizar la historia en política viene a ser un a modo de miseria moral que se saca a relucir por el político de turno cuando los problemas del presente tienen mala solución.
Por todo ello es que no me aventuraría yo a emitir un juicio sobre la adaptación a la verdad de la Verdadera Historia de Bernal Díaz del Castillo. Pero sí me atrevo a emitirle en lo que respecta a su calidad como obra literaria. Un juicio que, por cierto, coincide con el expresado por Francisco Rico al incluir esta obra entre las diez más relevantes de la literatura en castellano de todos los tiempos. Y es que es entretenida a rabiar. Y, desde luego, que, si lo relatado no se adapta mucho a la verdad, el tal Bernal era un mago para hacer creer al lector que las cosas fueron realmente como él las cuenta.
En cualquier caso, literatura o historia, todo el conocimiento que tenemos de la remota antigüedad se debe a una mezcolanza de esas dos disciplinas. Tomemos como ejemplo a Heródoto: ¿historia o literatura? Las dos cosas sin lugar a dudas. ¿Y qué sería la Historia sin él? El mismo Tucídides que pretende ser el padre de la objetividad. Apostaría cualquier cosa que todos esos sesudos discursos que pone en boca de parlamentarios, diplomáticos y líderes políticos, son todos inventados por él a beneficio de inventario... o sea, para que le cuadre el relato.
Les cuento esto porque, como saben, el presidente comunista de México, haciendo alarde de incompetencia, se ha puesto a manipular la historia de una forma tan burda que da hasta risa. Bueno, la verdad es que, muchas veces, cuando le escuchas, cuesta distinguirle de Cantinflas. Pero, el caso es que, cómico o burdo, la gente le ha entrado al trapo y se ha montado una polémica, tipo much ado about nothing, que ha tenido como positiva consecuencia el haber sacado de la postración en la que se encontraba a la Verdadera Historia de Bernal. Ahora, abres YouTube y aparecen cientos de videos glosándola. Y, mira, lo de Bernal es respecto a la historia de México lo que los libros de Heródoto a la antigüedad clásica: realidad mezclada con ficción, pero, en cualquier caso, las fuentes más fiables de lo que pudo ser aquello. Así que tenemos que ser nosotros los que sepamos tomar las debidas distancias para saber distinguir lo que de una u otra pudiera haber.
Y eso es todo.
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