Cuando vivía en la Serralada Central tenía delante de casa una gran masa forestal. En las noches de verano solía quedarme hasta tarde en la terraza escuchando la música que venía de aquel bosque. Yo pensaba que sus autores eran los ruiseñores, pero no sé si estaré en lo cierto. En cualquier caso me fascinaba por lo sofisticada que llegaba a ser. Era una música de preguntas y respuestas; como el flamenco, para que nos entendamos. Un pájaro soltaba un trino y otro le contestaba desde la distancia. Y así todo el rato como en una sinfonía interminable.
Me imagino que los primeros homínidos, o algunos de ellos, también se quedaron fascinados por ese canto nocturno. Nightingale, llaman los ingleses al ruiseñor; algo así como brisa de la noche. De lo que estoy seguro es de que algunos de aquellos pitecántropos estaban dotados para imitar ese canto y así fue como surgieron los primeros músicos. A partir de ahí comenzó lo que quizá sea la epopeya más apasionante del espíritu: ordenar los sonidos de tal forma que nos susciten las más diversas emociones.
Hacer música es estar todo el rato calculando. La guitarra es un endiablado galimatías de relaciones matemáticas. Cuando apoyas el dedo en un traste nunca es al buen tuntún; siempre es por una razón. No sé si a eso se le podrá llamar ciencia, pero, de no serlo, es lo que más se le parece.
Gran ciencia, la guitarra. Quiero decir, tocarla bien ,entenderla. Yo la aporreo , y mal. Pero algo es algo. Yo si tengo ruiseñores, algunas noches de verano. Comienzan a eso de las 8 de la tarde, con la "Dämmerung" , una bella palabra alemana para describir el anochecer. Deben ser bastante pequeños, me dicen. Nunca lo he mirado en Internet, pero es muy raro observarlos.
ResponderEliminarDicen que es muy raro verlos. Y, por lo visto no sobreviven a la cautividad. Un privilegio que tengas esos vecinos. Los únicos agradables, quizá.
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