Procuro por todos los medios no informarme, digamos que por lo fino, de lo que pasa en el patio de Monipodio, es decir, los parlamentos, congresos de diputados, y todos esos sitios a los acuden los Rinconetes y Cortadillos que andan por el mundo tratando de vivir de rajar bolsas ajenas. Todo eso, que tanto entretiene a la gentecilla del común, no es más que una cortina de humo con la que se trata de ocultar la realidad, todo hay que decirlo, cada día que pasa con menor éxito. Porque la realidad, que es la verdad, es tozuda, y no toda la gente es gentecilla.
Mirando la actualidad con perspectiva histórica cada vez parece más claro que el asunto más candente es el de la invasión de los bárbaros. La europea es una sociedad agotada, como lo estuvo la romana en su tiempo, y ese agotamiento se traduce en una perturbación mental que lleva a pensar, entre otras cosas, que la naturaleza puso ahí el aparato reproductor con finalidades de divertimiento. Consecuencia de ello es que se produce un vacío poblacional que de inmediato es llenado por gente de otras latitudes que todavía asignan al aparato reproductor su función primigenia. Para certificar lo que les estoy diciendo no hay más que observar a los niños a la hora de la salida de cualquier colegio o, en su defecto, cualquier parque infantil, de esos que hay a cientos, que son como apriscos en donde se preserva al rebaño de las fieras; la etnia autóctona en esos lugares ya va siendo la excepción.
Lo curioso de todo esto es que esa gente que viene a llenar el vacío creado por ese agotamiento que les digo, no solo trae consigo su aparato reproductor intacto, sino, también, sus costumbres ancestrales. Esas costumbres que son, en definitiva, las que han arruinados las sociedades en las que vivían y, por lo cual, han tenido que salir huyendo en busca de mejores oportunidades. Hay mucho contrasentido en esa nostalgia de la madre patria que les expulsó. Pero así somos los humanos, puro contrasentido; queremos una cosa y su contraria, que no por otra causa es que andemos siempre como puta por rastrojo. Así es que se podría decir que esos barbaros que vienen con sus costumbres en bandolera, harán con sus países de acogida lo mismo que hicieron con sus países de origen, o sea, arruinarlos. Y el círculo se cierra entonces, y continua la trashumancia que es la esencia del humano devenir.
En fin, está cantado: el conocimiento de la historia, al contrario de lo que dicen los ilusos, solo sirve para repetirla con redoblado entusiasmo; lo de Roma, por comparación a en lo que estamos ahora, va a quedar en cosa de chiquillos. Y, si no, al tiempo.
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