Según como se mire, el mundo es un asco. Y es un asco porque los humanos, con nuestra presunción, hacemos que así sea. Hay dos errores en los que prácticamente todos caemos de continuo: uno, creer que pensamos mejor de lo que pensamos; otro, creer que sabemos más de lo que sabemos. Aunque es evidente que unos piensan mejor que otros y, también, unos saben más que otros, la realidad es que el que mejor piensa y el que más sabe, piensa muy limitadamente y sabe muy poco en general.
Ésta es una conclusión a la que se suele llegar, si es que se llega, cuando ya eres muy viejo. Entonces piensas que, si te diesen otra oportunidad te ibas a dedicar a cultivar un huerto en la ladera de cualquier monte alejado del mundanal ruido y dedicar las noches sin nubes a contemplar las estrellas. Y piensas que harías eso porque es la mejor manera de hacer el menor ridículo posible. Y es que la presunción que nos señorea a lo largo de la vida nos impide percatarnos hasta que punto hacemos el ridículo cuando nos ponemos a dar explicaciones sobre cualquier cosa que sea.
Así es que, como nos decía el obispo Eguino i Trecu cuando venía de visita pastoral al colegio: zapatero a tus zapatos. Ahora es cuando comprendo que no hay más sabiduría posible que esa. ¿Querer entender el mundo? ¡Vana pretensión! Solo desde la debilidad mental se pueden ambicionar semejantes quimeras. Los más sabios creen en Dios y dejan que sea Él el que se encargue de todo.
En fin, hoy ha amanecido un bello día; voy a dedicarle a dar gracias por ello.
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