La Rebelión de las Masas, que decía Ortega. Pocos libros me han hecho disfrutar tanto. Ese párrafo luminoso en el que asegura que ser de derechas o izquierdas son dos formas más, entre las infinitas que hay, de ser un perfecto imbécil. Es un a modo de hemiplejia moral, remata. Gente grotesca, en definitiva, que necesita autoconvencerse de su superioridad moral como coartada que justifique su intromisión en vidas ajenas.
En el fondo, y supongo que también en la superficie, las ideologías, o la imbecilidad, si mejor así quieren llamarlo, nacen todas del resentimiento y la envidia, o sea, del dolor por el bien ajeno. El resentido cree que cambiando el mundo se va a aliviar ese sufrimiento interior que le amarga la vida. El quid de esta cuestión es que las causas del resentimiento son infinitas. Hasta se podría decir, que vivir no es otra cosa que estar resentido. Lo más que podemos hacer es amortiguar ese demoledor sentimiento por medio de cualquiera de los trucos que la humanidad ideó a tal efecto. No voy a enumerar esos trucos porque también son infinitos. Cada cual puede tener el suyo, aunque todos tienen un denominador común: el sacrificio. Sin sacrificio no hay forma de escapar al resentimiento y, por tanto, a la imbecilidad. El sacrificio, que es la antítesis de la vaguería.
Por todo lo dicho es que, cuando ven a alguien con una ideología, o a un resentido, o a un envidioso, o un imbécil, para resumir, en realidad con lo que se han topado es con un vago redomado. Alguien, al que, una de dos, o de niño no le ataron en corto, o los dioses omnipotentes le dieron una dotación mental deficiente. Porque esa es otra que no se puede ni mentar por políticamente incorrecta, el hecho incontrovertible de que detrás de muchas vaguerías lo que hay es una manifiesta falta de inteligencia... por eso dan tanta risa esos papás que no quieren rendirse a la evidencia y dicen; no, si el niño es muy inteligente, lo que pasa es que es muy vago. Es comprensible que los papás quieran consolarse con triquiñuelas retóricas.
El caso es ese, que las masas se rebelan y ponen al mando de la nave a uno de los suyos: un vago redomado, afectado de resentimiento, imbecilidad y, sobre todo, incompetencia. Y da dolor ver todo eso.
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