miércoles, 2 de octubre de 2024

Las Tablas

 Los israelitas habían escapado de la esclavitud de Egipto y andaban por el desierto viviendo del mana -la paguita- que les enviaba el Señor. El Señor pensaba que, así, andando por el desierto, los israelitas iban a hacer una especie de master sobre el vivir en libertad que les iba a permitir alcanzar ese estado mental que se conoce como "tierra prometida". Es decir, les quería acostumbrar a responsabilizarse de sus propias acciones, una cosa de la que, como saben, los esclavos ni siquiera han oído hablar. No es fácil hacer ese master; como se suele decir, no se puede hacer libre por ley al que es esclavo por costumbre. El Señor creía que los sufrimientos inherentes al andar por el desierto serían suficientes para propiciar el cambio de la irresponsabilidad del esclavo a la responsabilidad del libre. Pero se equivocaba en lo de la paguita. La paguita equivale a ocio y, ocio, a ponerse a adorar ídolos. Así es que Moisés, el jefe de aquella colla, desesperaba ante el poco avance que hacían aquellos esclavos ociosos. Por eso fue que se retiró al monte para ver si el aire puro de las alturas le sugería alguna solución. Y bajó al cabo de cuarenta días con las tablas de la ley, una síntesis perfecta de los preceptos necesarios para poder vivir en libertad sin entrometerte en la del vecino. Digamos que es a lo más que se puede llegar.  

Como cualquiera puede suponer, aquellos esclavos al verse durante cuarenta días sin jefe y con paguita, se entregaron al vicio con entusiasmo y por eso fue que cuando Moisés les vio se agarró un rebote y les tiró las tablas, que eran de piedra, sobre sus cabezas. Seguro que mató unos cuantos; los necesarios para sosegarse. En fin, lo que fuese, porque el caso es que aquellos preceptos son el fundamento de todo el proceso civilizatorio; sin ellos ya nos podemos olvidar. Desde luego que a los de mi generación era lo primero que nos enseñaban en casa, lo remachaban en la escuela y lo redoraban en la Iglesia. Nos lo grabaron a fuego en la conciencia y, así todo, tampoco fue suficiente... ese componente de esclavo que llevamos dentro nos hace ser irresponsables a nada que el jefe afloje su vigilancia.  Pero ahí están y, si les infringes, te envían de vuelta al desierto por una temporada, hasta que purgas las culpas. No hay forma de escapar por muchas ilusiones que te hagas.  

El caso es que, por lo que sea, de hace unos cuantos años para acá, ya nadie graba a fuego esos preceptos en la conciencia de los niños, con la consiguiente consecuencia de un progresivo retorno a la esclavitud generalizada. La gente que no aprende a responsabilizarse de sí mismo siempre está esperando a que le digan a que sitio tiene que ir a vacunarse de lo que sea. En el entretanto, con la playa, la terraza, el furbo, y tres o cuatro macanadas más ya se dan por satisfechos... a la espera, eso sí, de que nadie les esté mirando para cometer cualquier tropelía. Lo de los niños, en definitiva. 

Les he contado estas milongas porque me he enterado de que en un estado de los EEUU de América, Luisiana concretamente, el gobernador ha decidido que en todas las aulas de todas las escuelas públicas se ponga un cartel lo suficientemente grande como para que sea omnipresente, con los preceptos de las tablas que Moisés bajó del monte. Por lo visto, los de siempre, ya saben a quién me refiero, se han indignado por aquello de que la indignación es lo único que da respetabilidad a un imbécil... pero, bueno, parece ser que, a mucha otra gente, la idea les ha parecido de perlas. Personalmente, me apunto al invento. Porque, ahí, en esos escuetos preceptos, esta todo lo que se necesita para vivir civilizadamente. Todo lo que luego se ha añadido no es más que retorica hueca que solo sirve para encontrar resquicios por los que poder trasgredir sin que te pille el jefe. Una ilusión infantil, como les decía.

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