No cabe duda de que en Europa la gente ha tomado conciencia de lo que se le ha venido encima con el asunto de la emigración; de la islámica en concreto. ¡Pues qué nos creíamos, que tener criados para todo nos iba a salir gratis! A la vista está el emponzoñamiento de la vida que produce el no ser capaces de resolver por nosotros mismos las tareas más engorrosas que todo bienestar conlleva. Que me cuiden al viejo, que me limpien la casa... y el culo también.
Escuchaba ayer un debate en una televisión inglesa en el que se trataba de llamar al orden a esos musulmanes que se han apoderado de grandes porciones del territorio británico en los que imponen su descerebrada ley. ¿A ver quién va a poder ahora con ellos si no es por la fuerza? Entonces, uno de los británicos más aplaudido por los suyos le decía a un imán, también muy aplaudido por los suyos: si no te gustan nada nuestras costumbres, ¿por qué has venido aquí? ¡Que ingenuidad! Pues, por qué va a ser sino porque te veo tan débil que sé que en cuatro días el criado vas a ser tú. Bueno, el imán no lo decía así, pero lo daba a entender.
Esto que nos está pasando está descrito, punto por punto, en una película de Joseph Losey titulada El Sirviente. El argumento se puede resumir en aquella frase de Gracián: si en sus comienzos un mal no se ataca, fuerzas del abandono va cobrando, que luego hace imposible el remedio. Y no se ataca el mal en sus comienzos porque no se percibe como tal sino todo lo contrario. ¡Se está tan bien en la playa o tomando copas en el bar mientras la mucama me saca a pasear al abuelo o me limpia los retretes! Y, además, que me tiene que estar agradecida porque la he sacado de la miseria. Ya digo, pura ingenuidad. ¿O es estulticia? ¿O vaguería? O eso que se ha dado en llamar buenismo, que, a la postre, no es más que el destilado de todas esas cualidades negativas del ser humano.
En fin, vamos a ver cómo salimos de esta. No va a ser fácil. Hacia el año 720 de nuestra era, Pelayo paró los pies a los imanes en Covadonga. En el 732 Carlos Martel hizo lo mismo en Poitiers -hasta allí habían llegado-. Hasta 1492 no conseguimos librarnos de ellos. Siete siglos y medio de luchas nos costó aquel capricho del rey Rodrigo. Como en Troya todo fue a causa de querer apoderarse del mando a distancia que tenía una mujer entre las piernas. Si allí fue Helena, aquí, La Cava. ¡Por Dios Bendito, mira que no hay forma de que aprendamos!
Chistes aparte, mi impresión es la de que, si no ha comenzado ya, está a punto de comenzar la segunda Reconquista de Europa. No va a ser fácil, desde luego, porque eso va a exigir que aprendamos a limpiarnos nuestro propio culo.
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