Intentar comprender como son realmente las cosas, primero; después, desentrañar el porqué de que así sean. La Metafísica de Aristóteles, los Elementos de Euclides (la lógica), el Zen (contemplación) budista, me dice Santi, son las tres patas del conocimiento universal.
La pasión por conocer es, diría yo, la seña de identidad de la especie humana. Y esa pasión, seguiría diciendo, es la consecuencia de la angustia que nos produce el haber tomado conciencia de nosotros mismos, lo que equivale a decir, que llevamos de continuo sobre los hombros el fardo de la muerte. El conocimiento sería, entonces, la mejor herramienta que tenemos para aliviar el peso de ese fardo.
Y es que cuando estás intentando aprender algo es como si estuvieses flotando por las esferas siderales. Estás, entonces, como salido de este mundo de miserias. Salido, quiero decir, de una forma natural. Porque también puedes salirte de otras mil maneras que, a la postre, suelen ser remedios peores que la enfermedad en sí.
Personalmente, soy optimista al respecto. Y es que todos esos millones -miles de millones- de visitas que tienen cada día los videos dedicados al aprendizaje de las matemáticas, la física, la filosofía, la música, etc., tienen que querer decir algo respecto de la evolución de la humanidad. Algo así como que se está creando una conciencia colectiva de que todos esos remedios que se compran en las tiendas son pura filfa. Al final, volvemos al conocimiento primigenio, es decir, que es mediante el sacrificio que supone el esforzarse como mejor aliviamos el peso de ese fardo de angustia que nos tocó en suerte por habernos hecho humanos.
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