Saben aquel de Forges en el que un tipo, así, con la típica joroba de los deprimidos, va a una farmacia y le dice al farmacéutico: "NOS DÍAS, ¿TIENEN ALGUNA VACUNA CONTRA ESTO EN GENERAL?" Entonces el farmacéutico le contesta: "¡HUYA!" Y el tipo: "PERO, ¿A DÓNDE?" Y el farmacéutico: "BUENO, ESA ES OTRA"
Es un chiste de cuando mentar las vacunas no era de mal gusto. Ni tampoco hacer chistes con eso que la pobre gente llama ciencia. ¡Qué tiempos aquellos! Diría yo que el humor como arma legítima en la lucha por liberarse de la estulticia homogeneizadora murió con la caída del muro. De hecho, todo parece indicar que lo que tiró abajo el muro fue el humor; lo que demuestra que tal hipótesis es plausible es que, lo primero que hizo Gorbachov, el director de orquesta de aquella movida, al llegar al poder, fue poner en libertad a los dos millones de rusos que estaban en la cárcel por contar chistes de cariz político.
Y eso por no hablar de los EEUU de América. Todos los años ochenta fueron gobernados por un humorista que también contribuyó con sus chistes, como nadie, a la caída de ese muro. Y, sin la menor duda, hay una gran nostalgia en el mundo de aquel gobernante; y, si no lo creen, vayan a YouTube, la madre de todas las comprobaciones, y pongan Ronald Reagan: se sorprenderán de que hay miles de vídeos con millones de visitas en las que aparece contando chistes, también de cariz político.
Y en esas estamos, huérfanos de humor y dándonos cuenta de que aquella caída fue solo una ilusión. Remedando a Calderón, diría yo, que hay muros que nunca caen porque separan cosas que son patrimonio del alma y alma solo es de Dios. El humor, quizá sea la gimnasia que nos pone en forma para saltar esos muros del alma. Dejamos de hacer esa gimnasia, que es en lo que según mi percepción estamos, y los muros reaparecen en todo su siniestro esplendor.
En fin, vamos a ver en qué acaba esto en general.
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