Paseaba ayer al atardecer con María y al pasar por los jardines de Pereda vimos que había montado un operativo, que le dicen, policial considerable: más de diez coches y como veinte o treinta policías. No tardamos a apercibirnos del objetivo de tan sorprendente despliegue de fuerza: desalojar del templete de la música a media docena de homeless que se habían instalado allí. Uno de aquellos desgraciados gritaba: ¿quién me va a pagar el bocadillo que me han tirado? Y los polis se reían.
El caso es que la ciudad se va llenando poco a poco de adornos luminosos con vistas a la Navidad, la fiesta del amor y la compasión. Pero como dicen los catalanes, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; y esos desarrapados dan un cante allí que no se puede aguantar... instalados con su balumba de andrajos en plena milla de oro, como quien dice.
Uno con los años se va ablandando y quisiera poder echar una mano a esa gente... un día como ayer, tan desapacible. Porque los dones que les fueron dados al nacer ni siquiera les alcanzan para acceder a la categoría de pícaros. De no haber sido así, estarían, al menos, en un Patio de Monipodio donde se les enseñaría a rajar bolsas. Sin embargo, en su extrema indigencia, se diría que todos ellos comparten la que sería la más elevada de todas las cualidades humanas: el amor a la libertad. En muchos, supongo, ha sido un exceso de ese amor a la libertad unido a un amor propio desaforado lo que los ha llevado a ese estado que quizá no sea tan lamentable como nos parece desde nuestra confortable posición; yo les veo merodeando por los alrededores de la biblioteca, tomando de asiento lo que es de paso, y casi que les envidias. Porque están bien comidos y vestidos, tienen sitios para asearse, y no faltan zaguanes ni cartones para protegerse de las inclemencias de la noche. Los tipos parecen conservar su dignidad intacta; es raro al que ves mendigando.
Los mendigos son otra cosa. Muchos de ellos forman parte de mafias que les van distribuyendo por la mañana en lugares idóneos para la mendicidad. Otros, van por libres y han sabido ganarse una clientela a golpe de tesón. Hay mucha literatura al respecto, desde el Guzmán de Alfarache a un añadido que tienen las memorias de Torres de Villarroel donde se cuenta cómo estaba organizada la mendicidad en la Salamanca del siglo XVIII. El caso es que los mendigos suelen tener siempre casa en la que dormir y no es raro que tengan ahorros. Nada que ver con los homeless.
Sin duda esa gente es un toque de atención. Nadie está libre de deslizarse por la pendiente de la indigencia. Y porque todos llevamos en lo profundo de nuestra conciencia ese temor es por lo que brota en nosotros espontáneamente el sentimiento de la filantropía. O brotaba, porque desde que los políticos se inventaron la milonga de la justicia social todo se empezó a joder. ¡Que lo solucione el Estado!, gritamos ahora ante la visión de cualquier miseria humana. No cabe duda de que el Estado ha hecho todo lo que ha podido para endurecer nuestros corazones. Deberíamos, pienso, ser más combativos contra eso y volver por donde se solía, o sea, por el camino de la filantropía que tan altos rendimientos proporciona al que lo transita. No olvidemos que por la filantropía es por donde más directo se llega a la nobleza. ¡Que lo sepan!
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