Yo no digo que el sentido del humor sea la estocada que derrumba regímenes políticos pasados de vueltas en lo que a podredumbre hace, pero sí aseguraría que es la puntilla que remata la faena. Esto se vio meridanamente claro en la Unión Soviética en donde la gente se reunía en las cocinas comunitarias de los bloques de viviendas a comer patatas, beber vodka y contar chistes. Ronald Reagan les dio el último empujón contando chistes acerca de aquel régimen putrefacto... esos fueron los tanques que les envió para darles el golpe de gracia. Aquí en España, en los estertores del franquismo, tres cuartos de lo mismo: los humoristas -Chumy Chumez, Summer, Forges...- eran los reyes del mambo. Muchos éramos los que esperábamos con ilusión el nuevo número de Hermano Lobo, una secuela de La Codorniz, aquel portento de humor que fue el gran consuelo de los resignados durante los años de la dictadura.
Recuerdo que de niños, en el colegio, no parábamos de contar chistes. Hoy día recuerdo muchos de ellos y me maravillo de los buenos que eran. El otro día le contaba uno a un amigo y me pidió que se lo escribiese para poder utilizarlo en las conferencias que da acerca del poder terapéutico de la palabra. Yo no sé si hoy día los niños se cuentan chistes entre sí; me gustaría que alguien me lo aclarase porque, si la respuesta fuese positiva, aumentarían mucho mis esperanzas respecto del próximo futuro de la humanidad.
Yo, para distinguirme rebuzno, dice Chumy Chumez. En el Quijote hay una historia de rebuznos que es para partirse el culo de risa. ¿Por qué creen ustedes que España resiste a los embates de estulticia que le envían desde todos los ángulos de su periferia? Pues porque España es el país del Quijote. Nadie puede destruir a una persona que tiene por única filosofía de su vida el que nadie le toque los cojones. Dice lo que quiere y hace lo que quiere y nunca, ni por asomo, se queja cuando como consecuencias de sus decisiones acaba molido a palos. Humor y resistencia al sufrimiento, ese es el coctel que hace invencible a una persona.
Y eso el lo que echo en falta en estos tiempos que corren, ese toque de humor imprescindible para poder dar la puntilla a este marxismo cultural que nos tiene enmierdados hasta la coronilla. ¿Por qué tanta trascendencia para demonizar a los Sánchez, Vonderleyen y demás espabilados de tres al cuarto? ¡Pero si son personajes de sainete! Lo suyo sería empezar y no acabar de hacer chistes acerca de sus andanzas y opiniones. Porque son un material inagotable de sandeces.
En fin, como comentábamos el otro día, el gran problema que tenemos es que cien años de sistema público de educación -que no de enseñanza- han acabado por demoler las naturales capacidades del ser humano para el lenguaje simbólico, justo, lo que nos diferenciaba del resto de los animales. Y así está el patio, con una población instalada en la literalidad de los mensajes. O sea, aborregamiento botellonero... eso sí, todos vacunados contra el covid para que no haya nada que temer.




