Salvatore, desde Lima, nos propone esta pregunta de admisión. Supongo que la admisión será al reino de los cielos porque, mientras estás resolviendo el acertijo, adiós problemas terrenales. ¿Se imaginan ustedes lo que sería un mundo en el que la gente se reuniese en las plazas públicas para competir en la resolución de este tipo de acertijos? Ni ordenadores, ni cuadernos, ni plumas, ni nada: simplemente haciendo rayas en suelo como dicen que hacían los antiguos.
Este acertijo, evidentemente, es para principiantes. En realidad, a lo más que podemos aspirar en esta vida es a ser principiantes; es imposible llegar muy lejos en cualquier cosa que emprendas y, cuando te parece que ya estás a punto de despegar, es hora de partir. Así corre el mundo; los principiantes de ahora se aupan sobre los hombros de los principiantes que les precedieron y se hacen la ilusión por una temporada de que ven un poco más allá. Pero es inevitable caerse del caballo camino de Damasco. En eso consiste toda la sabiduría posible, en caerse del caballo. A partir de ahí lo único que puedes hacer es lo que hace Houellebecq, ir los domingos por la mañana a misa para poder creer un rato en Dios. El pobre hombre dice, que, todo es salir de misa y evaporársele la ilusión. Pero, bueno, algo es algo.
Yo no voy a misa porque porque soy un fóbico social. Así es que trato de sustituir esa comunión con los acertijos que me propone Salvatore, y otros como él. Así tengo mi rato de relación con la divinidad que es de lo que se trata. Luego aterrizo y me dominan las pulsiones suicidas, y es que eso que llamamos el inconsciente siempre está deseando acabar de una puta vez porque sabe que permanecer aquí es sinónimo de acumular sufrimiento.
En fin, qué le vamos a hacer si estamos constituidos de tal modo que solo el autoengaño nos permite tirar hacia delante.
En cualquier caso, por si alguien tiene curiosidad por el acertijo, aquí se lo dejo resuelto con mi habitual zafiedad para presentar los trabajos:


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