miércoles, 9 de julio de 2025

Sabérselo montar

 Es inevitable que, cuando andas de cháchara con cualquiera, salga a relucir como por ensalmo la apestosa situación en la que se encuentra el mundo. Quizá es que yo, por lo general, chachareo con gente que está ya en esas edades en las que tira más la nostalgia de un pasado idealizado que las expectativas de un futuro imposible. Supongo que son los mecanismos que tiene la condición humana para poder sobrellevar la conciencia del tiempo que pasa: si viésemos por delante un futuro brillante no podríamos soportar la idea de tener que partir ya, sí o sí, como se dice ahora. Por eso quizá sea que nos cuesta tanto entendernos con los jóvenes, porque ellos sí que viven, y razonan, en función de las expectativas que los viejos sabemos por experiencia que raramente se cumplen. 

En cualquier caso, situación apestosa o no, el mundo, como el Ave Fénix, siempre está en trance de quemarse para poder luego renacer de sus cenizas. Y unas veces está más cerca del renacimiento y otra de la traca final. De hecho, hay para todos los gustos, porque, mientras en unas partes se hunden, en otras están levantando el vuelo. Concretamente aquí, en Europa, diría yo que hay una sensación de hundimiento que seguramente está agravada por el tener que ver cómo se hacen señores los que antes nos servían. El caso es que la gente anda más mohína que el burro de Villarino, que tururururú, que tururúruru, que la culpa la tienes tú. Ese es, en definitiva, el problema que nos está apestando, el echarnos la culpa los unos a los otros como si aquí no estuviésemos todos hasta el cuello de miseria espiritual. 

Miseria espiritual. Ayer me decían, cuando comentábamos estas cosas, que el origen del malestar está en que ya no se lee la Biblia. Es una buena explicación. Recuerdo, allá por los años setenta, cuando todavía solía frecuentar los bailes de vampiros, que hacía entre furor entre el personal adoctrinado la frase "sabérselo montar". ¿Qué se quería dar a entender con esa frase? Se lo diré: pegarse la gran vida sin que ello supusiese la necesidad de sacrificarse. Un imposible metafísico. Como lo son todos los sueños de los vampiros. O de los que socializan, para que mejor me entiendan. 

Efectivamente, la lectura de la Biblia es el mejor antídoto que existe contra el vampirismo, la socialización y demás mandangas con las que se construye ese pretendido "sabérselo montar" que está en el origen de todas las decadencias. Siempre en búsqueda de diversión; que nada perturbe ese objetivo... incluido tener hijos, que no nos engañemos al respecto, es lo que más ayuda a bajar de las nubes y poner los pies sobre tierra firme; y no por nada, sino porque tener hijos es sinónimo se sacrificio y sufrimiento, o años de desierto, si mejor quieren, que, como todo el mundo sabe, es la única forma posible de llegar a la tierra prometida... claro, como ya no se lee la Biblia, la gente no se entera de esas cosas. 

En resumidas cuentas, que esta pestilencia de la que la gente habla, seguramente no es sino la consecuencia de tanto adorar ídolos. No nos queda otra que esperar a que Moisés baje del monte con las tablas y las estampane sobre nuestras cabezas. Así, es seguro que se nos quitara la tontería por una temporada. 

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