Tal día como hoy, hace ochenta y nueve años, un grupo de militares se sublevó y, después de casi tres años de guerra, consiguieron hacerse con el poder. A partir de ahí, la historia de España cambió radicalmente. Hubo que pasar por el desierto, como por otra parte es preceptivo en estos casos, pero en menos de veinte años ya se había llegado a la tierra prometida. Para el año cincuenta y nueve, el mismo en el que yo fui a Valladolid a iniciar mis estudios de medicina, en España ya habían quedado muy atrás las hambrunas. Pues bien, como quieren hacernos creer algunos descerebrados, que desgraciadamente son muchos, las cosas podrían haber sido mucho mejor si hubiesen sido de la forma que a ellos les hubiera gustado que hubiesen sido. ¿Cabe mayor descerebramiento que pensar la historia de semejante modo? Claro, si las vacas hubiesen dado la leche con neskuit, ya, ni te digo lo que podría haber sido.
Pero ahí está el punto y la fineza de todo este negocio, que las cosas han sido como han sido por el querer de los dioses y la memoria se ríe de los descerebrados que pretender tergiversarla para acomodar los recuerdos a sus particulares preferencias ideológicas. La España actual es hija de aquella sublevación militar que, tarde o temprano, se acabará reconociendo, hasta por los más conspicuos descerebrados, que fue el punto de inflexión -la segunda derivada de la ecuación, para que nos entendamos- que marcó el despegue hacia lo que se conoce como modernidad, es decir, sacarse de encima la angustia por la inseguridad de las necesidades más primarias.
Lo que pasa, es que cuando se va la angustia por las necesidades primarias, comienza la insatisfacción por los deseos inalcanzables. Y a alguien hay que echarle la culpa so pena de tener que sacrificarse. Ese es el nudo gordiano que un descerebrado es incapaz de desatar, el del sacrificio. Llevo oyéndolos decir que hemos venido aquí a disfrutar desde que tengo uso de razón. Esa es la esencia de lo que llaman socialismo: la negación del sacrificio. Según los socialistas, todo se puede solucionar con un poco de ingeniería social, que, en esencia, se resume en quitar a los que trabajan para dárselo a los perezosos.
Así ha sido como los descerebrados han conseguido sacar adelante la que podríamos llamar ley pleonasmo -de memoria histórica dicen ellos-. ¿Se puede imaginar alguien mayor imbecilidad? La verdad, no me explico cómo hemos podido llegar a tales despropósitos. Aunque por otro lado sé muy bien, por propia experiencia, a qué grados de retorcimientos de la lógica puedes llegar en el afán de autojustificar la propia vaguería.
En fin, 18 de julio, alzamiento nacional, con su símbolo por antonomasia, el que quieren derribar los socialistas, la cruz del Valle de los Caídos. ¿Se dan cuenta de cómo todo encaja a la perfección? ¡A mí con sacrificios, con lo listo que soy! Hago una ley pleonasmo y me dedico a robar a los currelas... y a vivir que son dos días.
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