A ustedes ¿qué les inspira más confianza, los disturbios o las elecciones? ¿Con cuál de las dos posibilidades les parece que se podrían albergar más esperanzas de una cierta restauración del orden moral desbaratado? Personalmente me decanto por los disturbios: podrían dar lugar a las cenizas en las que se incubase el huevo del Ave Fénix. De las elecciones, solo espero la perpetuación de la podredumbre. Porque, ¡vamos a ver!, ¿cómo va a ganar las elecciones un tipo que promete sangre, sudor y lágrimas, frente a otro que promete el paraíso? Así es que, a la que el invento se descubre, todos los contendientes prometen el paraíso y gana siempre el más sinvergüenza -honestamente le digo, le voy a ser sincero, ¿les suena?-. Solo cuando la percepción social es de estar al borde del estallido es cuando, hipotéticamente, puede ganar el más honrado.
Supongo que esa A dentro de un círculo con la que se firma la consigna de la foto es el logotipo de los anarquistas. Los anarquistas siempre han tenido todas mis simpatías y, desde que escuche a Hayek lo del "orden espontáneo", las simpatías se hicieron convicción. La ingeniería social que la haga cada uno consigo mismo, que, como decía Pessoa, eso le llevará toda la vida. Y es que adaptar los propios deseos a las leyes no escritas del cielo es muy duro: sangre. sudor y lágrimas, en definitiva. Sí, señoras y señores, ser anarquista es la forma más sacrificada de estar en el mundo que se puede concebir y por eso supongo que será que solo tiene cabida en los sueños adolescentes... sueños de pureza, para que nos entendamos.
Restaurar el orden moral interno es una tarea tantálica, de Tántalo, el titán al que los dioses habían arrojado al inframundo por haber querido igualarse a ellos. Por eso es tarea de toda la vida, porque, como siempre andamos queriendo igualarnos a los dioses, es inevitable que estos nos arrojen al Tártaro del que tantos esfuerzos cuesta salir... si es que se sale. Yo diría que hay que ser anarquista para conseguirlo: mucho temor de Dios y mucha autodisciplina, es decir, lucha a muerte con uno mismo.
Tántalo, Prometeo, siempre estamos en las mismas, sufriendo las consecuencias de tirar el pedo más alto que el culo. Y no hay forma de que aprendamos... a la que dejamos de adolecer se nos borran de la mente todos los sueños anarquistas y vuelta al Tátaro. O a encadenarse a una roca del Cáucaso.

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