miércoles, 23 de julio de 2025

La sirenas

 Recuerdo cuando, antaño, uno compraba el periódico independiente -prevención a destiempo- de la mañana, se sentaba en una terraza, pongamos que la del Zurich en la Plaza de Cataluña, y se ponía a escudriñar sus páginas como si allí estuviese la verdad revelada. ¡Un poco más tonto y no nazco! Hoy día, esa verdad revelada muchos creen encontrarla en las redes sociales. Es todavía más siniestro que lo del periódico independiente, porque los algoritmos se las apañan para que todo lo que aparece en la pantalla sea de tu gusto. O, por lo menos, predomine. Como siempre fue y será, la pretendida información siempre es propaganda de parte. A la postre, los acontecimientos en el mundo se desarrollan al gusto de los dioses y si pretendes adelantarte a sus designios no haces más que estrellarte una detrás de otra. 

Pero en las redes hay algo de lo que los periódicos carecían: belleza. Belleza según el gusto de cada cual. Personalmente, hay ejercicios de álgebra o geometría cuya resolución me emociona. Es casi como un vicio: veo el enunciado y no puedo pasar adelante si no lo veo resuelto... ya sea por mis propios medios o por medios ajenos. Lo mismo me pasa con las partituras. Antaño tenía que ir a Audenis, en el Carrer Vàlencia de L´Eixample, muy cerca de mi casa, cuando quería comenzar la aventura que supone ponerte a estudiar una nueva partitura. Ahora solo tengo que googlear el nombre de la pieza que pretendo aprender y me aparece en pantalla, como por ensalmo... es magia potagia; a veces me paro a pensarlo y no me quedo tranquilo porque me parece que hay algo como demoníaco en ello. Cómo es posible, me pregunto, que hayamos llegado a tal grado de omnipotencia. Porque es eso, omnipotencia casi divina para los que no nos hemos parado a estudiar en que consiste el invento. A desvelar el misterio, para que nos entendamos. 

Pero las cosas no son sencillas con las redes sociales, porque por mucho que te quieras centrar en lo que te gusta, el diablo las enreda y pone el grano de los problemas matemáticos o las partituras entre cantidades enormes de paja deslumbrante que perturba la atención y obliga a, como hizo Ulises, atarse al palo mayor de la nave, so pena, en caso contrario, de quedar prisionero de las sirenas. Ese es el gran problema de los medios informativos en general y de las redes sociales en particular, el maldito canto de las sirenas. 

 Recuerdo una entrevista que le hacían al abad de un monasterio francés que se había hecho famoso por la belleza de sus cantos gregorianos. Le interrogaba el entrevistador al monje sobre cómo podían sobrellevar el vivir sin enterarse de lo que pasaba en el mundo. Bueno, le contestó, ¿qué diferencia hay entre enterarse hoy o dentro de diez años de que Mónica Lewinsky le ha hecho una felación al presidente Clinton? Tenga en cuenta, que la única información más o menos veraz a la que tiene acceso la gente es de ese tipo; las verdades que importan no las conocen ni los que tienen las manos metidas en la masa. Lo que es o va a ser solo lo conoce Dios. 

En fin, en resumidas cuentas, que escapas por los pelos de las sirenas y caes en las redes de Circe y, cuando te deja marchar, te metes de hoz y coz en la cueva de Polifemo... eres ya muy viejo cuando por fin llegas a Itaca y te puedes dedicar a lo que te concierne. ¡Y qué le vamos a hacer si así está escrito que sea!

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