jueves, 24 de julio de 2025

Ordet

La gente en general se empeña en vivir como si hace cinco años no hubiese pasado nada. Pero el caso es que pasó algo muy gordo que vive ahí, agazapado en las conciencias, luchando a brazo partido por no salir a luz. Así que, ni se te ocurra mentarlo. El gobierno británico le dijo al diputado Andrew Bridgen cuando éste se empeñó en debatir el asunto en sede parlamentaria: ni se te ocurra; necesitamos veinte años de encubrimiento. La misma táctica que siguieron cuando se descubrieron los estragos que hacía la talidomida. Entonces, solo consiguieron once años de moratoria porque era imposible ocultar las monstruosidades que producía la droga. El caso es que Bridgen sacó el asunto a relucir y, ese día, el parlamento se vació de diputados y a Bridgen le expulsaron del partido en el que militaba... el partido único, por supuesto, como en todos los países que disfrutan de eso que llaman democracia. Eso, entre otras cosas, fue de lo que nos enteramos con lo de la pandemia, que todo eso de los parlamentos y demás parafernalias no son más que escenificaciones para mantener engañado al personal. 

¿Engañado? No lo sé. Al final de la era soviética mucha gente decía: ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos. A la gente no se la engaña tan fácilmente, lo que pasa es que por propia conveniencia hace como si estuviese engañada. Así es que esperan agazapadas a la que pintan calva: entonces, cuando llega, corre a las plazas públicas a regocijarse con la sangre que chorrea por los cadalsos. Hasta entonces, ¡chitón!

Ayer estuve de tertulia con un amigo de toda la vida que es un convencido apasionado del poder curativo de la palabra. Por medio de la palabra adecuada se puede hacer aflorar aquello que nos atormenta. Una vez pronunciado es como si perdiese su virulencia. Hasta entonces, todo es pudrición por dentro. Hay una película que trata el tema; se llama Ordet y es de un tal Dreyer. El protagonista es un convencido apasionado de la palabra que es capaz de hasta resucitar un muerto con ella. Ya digo, una cuestión de fe: tienes que creer en algo  trascendente para poder estar vivo. Y ese es el problema, que al haber desprestigiado tanto la trascendencia las calles se han llenado de muertos vivientes que quieren un encubrimiento de veinte años para lo que paso hace cinco. 

Voy a dejarlo porque me estoy embolicando, que diría un catalán. De todas formas, que lo sepan, hasta que no hablen a las claras de lo que pasó hace cinco años, no van a poder relajar el culo. 


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