lunes, 28 de julio de 2025

La pasión

Hace tiempo me dedique a indagar y reflexionar sobre la palabra pasión: miré por aquí y por allá y ya no me acuerdo de nada. Supongo que algún poso quedará por ahí dentro, enredado en mis entresijos mentales. Lo traigo a colación porque ayer comentaba con un amigo que una vida sin pasión ni es vida ni es nada. Claro, son ese tipo de afirmaciones que se hacen presuponiendo muchas cosas, entre otras que sabes a qué te estás refiriendo cuando pronuncias la palabra pasión. Nunca me ha resultado sencilla esta palabra. Debiéramos suponer que lo misma relación que tiene acción con actividad la debiera tener pasión con pasividad. Sin embargo, tendemos a considerar que un ser apasionado es cualquier cosa menos pasivo. Un galimatías, en fin, que nos desvela hasta qué punto el lenguaje es limitado. De ahí, supongo, el empeño de Euclides en dejar, antes que nada, meridianamente claro el significado de los términos con los que luego iba a construir sus razonamientos.

Quizá decimos pasión porque apasionarse por algo es salirse del mundo en todo lo que no tenga que ver con ese algo. Es como ponerse a cavar en busca de un tesoro, que, te las prometes tan felices, que todo lo demás huelga. Entonces, sí, la pasión tiene que ver con la pasividad respecto del resto del mundo que no sea tu objetivo. Pessoa llama a eso erudición de la sensibilidad: restringir el tamaño de tus aspiraciones y profundizar en ellas. Lo contrario de lo que hace el activo que, por lo general, tiende a diluirse en el mundo como lo hace un azucarillo en el agua y, a la postre, no  queda nada de él que no sea un dulzor empalagoso. 

El apasionado, por contra, tanto cavar siempre en la misma dirección acaba por taladrar la tierra y descubrir lo que hay al otro lado. Nada se descubre sin pasión. Y ese es el asunto, que la naturaleza crea a unos para descubrir cosas y a otros para impregnar el mundo de ese dulzor empalagoso que es la marca de la casa. Pasivos y activos, pasión y acción, dos formas de ser que se complementan y dan como resultado este mundo siempre dispéptico. Y es que a los activos les cuesta mucho digerir los descubrimientos de los apasionados y a los apasionados les exaspera el mal aliento de los activos. 

En fin, a la postre, la pasión se asocia con la muerte -pasión y muerte de Jesucristo- y, la acción, con la inmortalidad de los vampiros que bailan en cualquiera de los castillos que Drácula tiene distribuidos por todo el mundo. Así se lo cuento porque así es como yo lo veo. Que tenga o no tenga que ver con la realidad, esa, ya, es otra historia.   

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