Ayer les comentaba acerca de Melmot el Errabundo y su pacto con el diablo. Hay que tener mucho estómago para leer esa novela; no creo que sea posible digerirla cuando ya has pasado de los cuarenta años... más o menos a la edad a la que comienzas a entender que todo eso que te horroriza también está dentro de ti. Y es que, si tienes la valentía de pararte a pensar pronto caerás en la cuenta de que todo, o casi todo, el sufrimiento de la vida es consecuencia de los pactos que haces con el diablo por cobardía, es decir, para no tener que enfrentar la vida a pelo como hacen los valientes.
Esa es la cuestión, que no somos conscientes de que no paramos de pactar con el demonio y por eso no comprendemos por dónde nos vienen las tortas. Entonces echas la culpa al sistema o a cualquiera que pasaba por allí, o sea, añades cobardía sobre cobardía y te hundes un poco más... y así hasta que ya no puedes salir del pozo; entonces, convertido ya en un Melmot cualquiera, te dedicas a torturar a todo lo que tienes alrededor en el intento desesperado de apaciguar al demonio proporcionándole clientes -mal de muchos...-. Porque ese es al asunto, que el destino ineluctable de la cobardía es el de convertirte en un verdadero hijo de la gran puta... eso sí, siempre so la capa de la superioridad moral.
Enfrentar la vida a pelo, ¿qué quieres decir con eso? Pues no sé, quizá, para empezar, mejor morirse de hambre que acceder a la condición de funcionario público. Por ejemplo. ¿O es que todavía no te has enterado que el Estado es el demonio, el mal absoluto? Pues no será porque no hay gente por todos los lados que te está advirtiendo de esa realidad incuestionable. Cuando oyes a tus padres decirte: "Tú, hijo, algo seguro"... pues bien, no son tus padres quienes te lo están diciendo, es el demonio disfrazado de tus padres. Por eso hay que tener tanto cuidado con los padres, porque el demonio les está utilizando de continuo como disfraz para dar otra vuelta de tuerca a su dominio sobre ti.
En fin, como con todo en esta vida, caes en la cuenta cuando ya no tiene remedio. Pero, bueno, menos mal si caes en la cuenta. Así, por lo menos, puedes implorar la misericordia de los dioses y, a lo mejor, te conceden el favor de poder dormir sin tomar pastillas.
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