viernes, 25 de julio de 2025

De demonios, vampiros y mediocres

Lo de este Papa americano me tiene patidifuso. Escucho un sermón suyo titulado "Seis señales de que alguien en tu vida es un demonio real" y quedo maravillado por la precisión con la que diseca el alma de los vampiros. No es que lo diga yo, es él mismo el que llama vampiros a aquellos que son utilizados por el demonio para difundir el mal. Te enseña a distinguirlos y te da claves para defenderte de ellos. Porque están por todos los lados, camuflados tras actitudes de bondad, empatía, tolerancia, relativismo moral y demás simpáticas características que dan forma al arquetipo del mediocre. Esa parece ser la cuestión esencial que quiere desvelar al mundo este Papa, que todo mediocre es un vampiro. 

Hace ya muchos años que vengo estando obsesionado con el tema de los vampiros. Los que me conocen, bien lo saben. Obsesionado, sobre todo, por no ser uno de ellos... si es que eso es posible. Nunca es suficiente el esfuerzo que dedicamos a conseguir la máxima socrática del "conócete a ti mismo"; a la que pierdes un poco de pie ya vuelves a los inicios del empeño, es decir, que te vuelven a crecer los colmillos y, entonces, sales corriendo en busca del primer baile de vampiros que se te pone a tiro. 

Pues sí, este Papa es realmente sorprendente. No en vano estudió matemáticas, que, a buen seguro, es uno de los peldaños imprescindibles a subir para alejarse de la mediocridad. Como el Papa Ratzinger, que había subido otro peldaño no menos imprescindible, el de la música. Son aprendizajes que curten el espíritu por medio de la disciplina y el esfuerzo: no existe otro procedimiento. La disciplina y el esfuerzo que son sinónimos de conciencia de las propias limitaciones; de la auténtica humildad que es escudo contra la soberbia, causa, en última instancia, de todos nuestros males. 

Así que, no se engañen al respecto, vivimos rodeados por todos los lados de demonios reales, vampiros o mediocres, que intentan por todos los medios colonizarnos. Y lo malo es que lo consiguen con harta frecuencia, y no por nada, sino porque no curtimos nuestros espíritus con el sacrificio. Esto es tan elemental que es lo primero que te encuentras en todos los textos que sobrevivieron a los milenios y, sin embargo, ya ven, a la primera de cambio, salimos corriendo hacia cualquier baile de vampiros esperando encontrar allí la comunión de los santos. ¡Qué inocencia!

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