Ayer les decía que a Don Quijote la cultura no le había servido de nada a efectos prácticos. Lógicamente, se trataba de una provocación que, como ya he podido comprobar, ha dado sus frutos. Siempre que sale a relucir la palabra cultura me acuerdo de aquel chiste que tanta gracia nos hacía de niños: un extranjero ve que en todas las iglesias hay unos cajoncitos con una ranura encima y un cartelito en el que pone "para el culto de la parroquia". El extranjero no entiende y pregunta a uno que andaba por allí: ¿esto del culto de la parroquia, a qué se refiere? Al señor cura párroco que sabe siete idiomas, le contesta.
Definir palabras que hacen referencia a cosas del espíritu es muy complicado. Tanto, que no creo que haya nada que haya hecho gastar más saliva ni correr más ríos de tinta. La cultura, sin ir más lejos: ¿qué coño queremos decir cuando decimos cultura? Me limitaré, para resumir, a lo que dice Pessoa:
"Hay una erudición del conocimiento, que es propiamente lo que se llama erudición, y hay una erudición del entendimiento, que es lo que se llama cultura. Pero también hay una erudición de la sensibilidad.
La erudición de la sensibilidad nada tiene que ver con la experiencia de la vida, La experiencia de la vida nada enseña, lo mismo que la historia nada informa. La verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto. Así la sensibilidad se ensancha y profundiza, porque en nosotros está todo; basta que lo busquemos y lo sepamos buscar."
Como ven, la cosa está bastante embarullada: erudición, conocimiento, entendimiento, cultura, experiencia, sensibilidad... cada cual que haga de su capa un sayo.
Lo que sí es evidente es que, si ha habido algo útil a la humanidad, eso ha sido la cultura de Don Quijote. Pocas cosas en el mundo han ayudado tanto a comprender de que va esto en lo que nos hallamos inmersos como las locuras de Don Quijote. Yo diría que Don Quijote, no solo conoce a los clásicos del pensamiento, sino que les entiende e, incluso, va más allá, porque ha restringido tanto el contacto con la realidad del pensamiento clásico que está en posesión de esa erudición de la sensibilidad que, a la postre, sería lo que comunica al hombre con lo divino. Las homilías de Don Quijote, o son el resultado de miles de horas de reflexión o el producto de la revelación divina... ustedes deciden.
Así que, conviene tener una idea lo más aproximada posible de a qué nos estamos refiriendo cuando pronunciamos la palabra cultura. Porque puede que solo nos estemos refiriendo a la erudición, que es como tener un almacén lleno de materiales de construcción que no sabemos cómo emplear. Saber hacer una casa con ellos sería el entendimiento. Saber hacer un templo, lo siguiente... la verdad revelada.
En fin, lo útil y lo inútil; qué difícil distinguir a simple vista. Hace falta mucha reflexión, o mucha verdad revelada, la de los textos sagrados, para no ir ciego por la vida. De ahí que no estemos perdiendo el tiempo cuando restringimos el contacto a esos textos, les damos mil vueltas y, con el material extraído, nos ponemos a construir un templo. ¿Porque, qué mierda de vida seria ésta si ni siquiera lo intentásemos?
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