miércoles, 2 de julio de 2025

Divagando

Ayer por la mañana, siguiendo la rutina, me senté a leer en un banco de los jardines del barrio Pesquero. Y en esas estaba, enfrascado en la aventura de Don Quijote en la cueva de Montesinos, cuando sonó el teléfono... las viejas amistades de Salamanca desperdigadas por el ancho mundo que no me olvidan. La conversación no tardó en girar en torno al romancero español. Hacía dos días que me había mandado algo sobre el asunto y quería comentar. Los que hablamos español no sabemos la riqueza que tenemos. 

El caso es que Don Quijote se duerme en la cueva y en sus sueños ve a Montesinos que le cuenta cómo murió Durandarte y cómo, siguiendo su mandato, le saca el corazón para llevárselo a su dueña, la ingrata Belerma: 

"¡Corazón del más valiente / que en Francia ceñía espada, / ahora seréis llevado / a donde Belerma estaba! / Para dar clara señal / de la verdadera llaga / será hecho el sacrificio / que ella tanto deseaba / del amador más leal / a la más cruel y brava."

Por la noche me dediqué a redondear el cuento echando mano de uno de los dos libros que heredé de mis ancestros: el Romancero Español en edición de Aguilar de 1930. El otro, también de la editorial Aguilar, son las obras completas de Santa Teresa de Jesús con un estudio preliminar de Luis Santullano. Dos joyas, en definitiva, que, acaso, por si solas hubieran podido bastarse para colmar todos mis anhelos de sabiduría.

En fin, Santa Teresa: 

"Cuando el dulce cazador / Me tiró y dejó rendida, / En los brazos del amor / Mi alma quedó caída, / Y cobrando nueva vida / de tal manera he trocado, / Que mi Amado para mí / y yo para mi Amado."

No sé qué más se podría decir. 


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