lunes, 7 de julio de 2025

Aguasonda

Hoy me caen los ochenta y tres y aquí sigo, manteniendo incólume mi obsesión por intentar comprender el mundo en general y mi íntimo yo en particular. Y no es que no haya comprendido ya que es una pretensión imposible, una vanidad, en definitiva, pero he vivido toda la vida con ese engaño y he cogido tanta inercia que me es imposible salirme de ese camino.

Reflexionábamos esta mañana sobre el ¿por qué leer? ¿Qué es lo que nos impulsa a emplear tantas horas de la vida en ese quehacer? Supongo que muchos, quizá todos, leemos para dar pábulo a esa pretensión de conocimiento. Incluso, se nos inculcado la absurda idea de que hay una relación directamente proporcional entre horas de lectura y conocimiento de la vida. Nos olvidamos de aquella máxima cervantina de "dos en la vida y una en los libros". Me apostaría cualquier cosa que se aprende más de la vida, y de uno mismo, montando una empresa de lo que sea que haciendo una licenciatura de filosofía. Por cierto, compruebo que se extiende por la ciudad la moda de los mendigos intelectuales: se sientan a la puerta del supermercado con un libro en las manos, el platillo para las monedas a sus pies, y aquí me las den todas.

En cualquier caso, una cosa es leer por leer, para pasar el rato y tener motivos de conversación cuando vas al bar, y otra leer para intentar aliviar la angustia existencial que nos produce la conciencia de ignorancia. Lees porque piensas que en los libros vas ha encontrar el porqué de que las cosas sean como son. Y sí, es verdad que muy malo tiene que ser un libro para que no haya en él algunos destellos de sabiduría, pero, no nos engañemos, los pocos libros que han configurado el pensamiento del mundo solo son accesibles después de haber pasado por, al menos, cuarenta años de desierto. Por eso es que la lectura de libros como El Quijote, en palabras de su autor, solo pueda ser una celebración cuando lo lees en la vejez. Y, como el Quijote, te diría la Biblia, el Poema de Gilgamesh, La Ilíada, La Odisea, las tragedias griegas, La Divina Comedia, El Decamerón, el Libro del Buen Amor, Hamlet y, a la postre, El Libro del Desasosiego. Son libros que, como me puntualizaban esta mañana, rebosan de pasión, pero también de reflexión, esa mezcla de ingredientes que convierte a la literatura en la reina de todas las artes.  

Resumiendo, que he quedado con María para ir a comer a Galizano. Quiere que la enseñe Aguasonda, la playa a la que iba de niño con mis padres. Había allí una pequeña ría que en tiempos había sido utilizada para mover un molino de mareas. Allí seguía el molino, convertido en granja. Más de setenta años de aquello. Mucho desierto por medio.  

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