El ser humano necesita para sobrevivir fundamentalmente tres cosas: comida, techo y vestido. Satisfechas esas tres necesidades, su principal preocupación, desde la noche de los tiempos, fue desvelar los misterios de la condición humana. Y no por nada, sino porque intuía que el principal peligro a su integridad venía de los otros seres humanos; conociéndolos, les podría ver venir y, así, ponerse a salvo. El caso es que, como ese desvelamiento era harto dificultoso, no le quedó más remedio que inventar una herramienta que le facilitase el empeño: así fue como descubrió la literatura. También podemos llamar a esa herramienta, ficción. La ficción es tan poderosa que con el paso del tiempo se hace indistinguible de la realidad por medio de la leyenda. Y no se crean que hace falta mucho tiempo para que esa circunstancia se dé: hoy día circulan por el mundo ficciones de hace cuatro días convertidas ya en leyendas urbanas que la inmensa mayoría interpreta como realidades.
Así es que, literatura mediante, estamos prisioneros de la maldición prometeica: no conseguimos, en la mayoría de los casos, distinguir lo que es realidad de lo que es ficción, lo cual nos estanca en nuestro afán develador de esos misterios de la condición humana que nos obsesionan. De hecho, diría yo que hemos avanzado muy poco porque, quizá, ese poco sea todo lo que los dioses nos permiten avanzar... lo cual no es óbice ni cortapisa para que no cejemos en nuestro empeño de hacer literatura. En realidad, yo diría, que la hacemos casi siempre que abrimos la boca para hablar.
Es lo que tiene inventar cosas con la pretensión de facilitarnos la vida, que de inmediato tenemos que pagar peaje a los dioses. Inventamos la literatura y pasamos al plano de lo simbólico, lo cual nos obliga a una nueva tecnología cuyo manejo exige un aprendizaje costoso... o sea, privilegio de unos pocos. Y esa es la maldición, que la mayoría toma lo simbólico por real o, si mejor quieren, la leyenda por historia. A la postre, la literatura, en su inmensa mayoría, no queda en otra cosa que no sea propaganda. Es decir, que lo único que nos desvela de la condición humana es su irrefrenable afán de sacar ventaja por medio de la mentira.
De ahí que leer -en los libros o en donde sea- sea algo tan sutil. Nos pasamos la vida leyendo sin saber, la mayoría del tiempo, que lo estamos haciendo. Leemos y automáticamente interpretamos. Por eso es tan importante aprender a leer; quizá el más difícil de todos los aprendizajes. Qué leer, para qué leer y, sobre todo, cómo leer.
En fin, perdonen mi insistencia, pero es que llega un momento en el que uno ya no puede más de tanto soportar las leyendas urbanas que dominan el inconsciente colectivo. ¡Joder, pero qué malos que son los judíos!
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