Ya hace muchos años que el verano me deprime. Yo diría que desde que empecé a tener uso de razón -si es que eso es posible-, allá por los veintitantos, cuando me independicé económicamente. El caso es que, por estas fechas, salgo por la calle y tengo la sensación de estar entre muertos vivientes. Y ya no les digo nada si en el puerto hay atracados uno o dos barcos de esos que llaman cruceros; entonces los que predominan son los muertos vivientes mórbidos. Todo es gente que parece no tener otro objetivo en la vida que resistir con autoengaños el paso del tiempo hasta que llegue la muerte liberadora. Esto ya lo vio venir Samuel el día que los judíos le pidieron un rey para Israel. Les explicó punto por punto lo que suponía dejar que otro te organizase la vida. Pero ellos insistieron y tuvieron lo que querían: sumisión. De Samuel para acá, el invento del rey no ha hecho más que perfeccionarse. Digamos que tanto que, el rey que llaman socialdemocracia, es tan perfecto que los súbditos ni siquiera se enteran de que lo son... con tal de que nadie les impida recoger cacas de perro por las calles, y cosas por estilo, se sienten totalmente realizados, como ahora se dice.
Ayer me tomé la molestia de escuchar el último vídeo que ha colgado Thomas Sowell en la red. Explica con claridad meridiana el porqué de que tanta gente odie a Trump. Trump es para él como una especie de rayos X que permiten ver la realidad en la que vivimos. Millones de personas han confirmado a través de Trump lo que venían sospechando: que viven sometidos a un grado de sumisión insoportable. El rey que querían los judíos se ha convertido en la hidra de siete cabezas, la de Lerna, que, cada vez que le cortas una cabeza, de inmediato le crece otra, y no hay otra solución para deshacerse de ella que el que venga un Hércules con la rebaja y destruya por el fuego las siete cabezas a la vez. Trump ha salido elegido por abrumadora mayoría de votos, dice Sowell, porque la gente que despertó, entre otras, a causa del zafio montaje de la pandemia, ha visto en él ese Hércules que estaban esperando con ansiedad. Porque ya casi nadie -solo los que viven del invento- cree que pueda haber otra solución que el fuego purificador. Lo que llaman el Estado tiene que desaparecer y hay que volver al orden espontáneo que había antes de que Samuel les diese un rey a los judíos.
Así que no se engañen al respecto, porque la cosa va de despertar o no despertar, esa es la cuestión. Aceptas o no aceptas que metiste la pata cuando acudiste a vacunarte del bicho imaginario. Claro, comprendo que es muy doloroso aceptar que se ha sido tan necio. Pero tampoco es para tanto si tienes en cuenta que, lo mires como lo mires, la vida no es otra cosa que un encadenamiento de necedades, una tras otra, entre las que muy de tarde en tarde se cuela algún momento luminoso. Aquí, de lo único que se trata es de que esas necedades no sean impuestas por el rey, sino por la propia voluntad. Distinguir esa sutil diferencia es lo que ayuda a despertar. De lo primero que hay que ser dueño en esta vida es de las propias equivocaciones; hasta que llegas a eso no eres más que un desgraciado.
En fin, nada nuevo bajo el firmamento. Sowell nos lo explica: una crisis de descredito. Como la que había en Francia a finales del XVIII o en la Unión Soviética a medida que avanzaba el siglo XX. El sistema político imperante se desmorona y un incierto nuevo orden asoma por lontananza... ¡ojalá sea espontáneo! El orden, quiero decir.
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